Hay millones de artículos, ensayos, libros completos que hablan de la experiencia de la lectura. Justo por eso, es lo que menos me interesa decir, porque hay quién lo ha dicho y lo ha dicho mucho mejor, con mejores argumentaciones.
Como siempre, yo no puedo hablar más que por mí. Por qué leo. Esa es la pregunta.
Tengo que confesar que tengo una relación casi intima con la lectura, desde que era una nena. Aprendí a leer a los 4 años y a partir de ahí, primero con esos libros de pictogramas y después, con otros, con letras enormes, comencé a leer.
Leo de todo, lo que me gusta y lo que no. Leo por el placer mismo de leer pero también, porque leyendo encontré consuelo, esperanza y tantas otras cosas. Por supuesto, cada libro enseña algo, pero a esta altura del campeonato, no sé si eso es lo más importante. Lo importante, me parece a esta hora de la noche, es lo que la lectura causa en el lector.
Como en el cine pero mejor, la lectura sirve para asomarse a una realidad diferente. Los buenos libros -entiéndase los libros bien escritos- provocan identificación y, hasta me animaría a arriesgar, construyen en los que leen una buena parte de la personalidad. Por oposición, por acción, uno siempre está tomando partido a la hora de leer.
Es verdad que el que escribe, así como el que hace cine, pierde la inocencia de la lectura cuando lee un libro. El que escribe está atento a procedimientos, a estructuras, a formas de narrar, así como el que hace cine, vé en la película ángulos de cámara, planos y contraplanos, montajes, sincros de audio, planos secuencias, campos y contracampos. Muchas veces, al conocer el oficio, uno pierde cierta capacidad de asombrarse, de creerse lo que ve -en el caso del cine-, y lo que lee -en el caso de los libros.
Después de algún tiempo, cuando a uno se le pasa el fervor técnico, vuelve a disfrutar tanto de los libros como de las películas.
Lo que sucede con la lectura o, al menos, lo que me sucede a mí es la extraña sensación de que esa historia que estoy leyendo se convierte, página a página, en una historia mía. Los personajes tienen la cara que yo quiero, aún cuando los autores se hayan limado el cerebro dando múltiples descripciones de cada uno de ellos; los lugares son lugares que fundamentalmente salen de mi cabeza, en fin, que el libro existe como objeto, pero que la historia, el cuento que cuenta, termina de formarse en mi cabeza, de la manera en que yo me imagino, con los colores que siento que le son propios. No sé si a todo el mundo le pasa igual. A mí me pasa.
Cuando la historia atrapa, uno lee y empieza una suerte de conversación muda con el texto. Si hay pistas, trata de adivinar como va a seguir y muchas veces, la trama traiciona todas nuestras suposiciones.
He leído libros con los que me he enojado muchísimo. He leído libros con los que he sufrido de la misma manera en que lo hacen sus personajes. Cada lectura, cada texto que por elección o por azar, llegó a mis manos, se convirtió, de una manera compleja en parte de un mundo que sólo tiene vida en mi cabeza.
Pero esto, no sólo me pasa cuando leo libros de autores muy reconocidos. Me pasa, también, cuando leo textos de amigos o de otra gente que aún no ha publicado. Error o no, yo no encuentro otra forma de relacionarme con la lectura que con compromiso.
A veces, me entristece un poco cuando alguien me dice que no le gusta leer. Un poco es porque yo disfruto tantísimo leer, que me suena a que ese al que no le gusta la lectura o que lo aburren los libros, se está perdiendo una buena parte de la vida pero no de la vida de todos los días, si no de la vida más rica, más íntima.
A mí, leer me hace feliz. La lectura desde hace muchísimo tiempo es el combustible de mi cerebro. Cuando leo, me siento mejor.
Los libros, a veces, me ayudaron a encontrar la manera de comprender un mundo completamente incomprensible. Me explicaron las cosas del amor, de la traición, de la muerte, de la vida.
Por eso leo. Leer me gusta muchísimo más que escribir. Y escribir me gusta tanto...
Escribir me salvó la vida un par de veces. Leer me dio esperanza.
A esta altura de mi vida, creo que no podría vivir sin leer. Ni sin escribir.
No podría prescindir de estas actividades, como no puedo prescindir de la música.
Y esto es todo. Por qué leo. Leo porque me da esperanza. Leo porque me hace feliz. Y es tan difícil encontrar cosas que nos hagan felices, que cuando uno las encuentra, no las puede dejar pasar.
Salú, lectores.
Sigan disfrutando de los libros.
V.

