miércoles, septiembre 1

Universidad

Una afirmación, sin embargo, puedo formular, y es ésta: si no hubiera vivido la temporada de Auschwitz, es probable que nunca hubiera escrito nada. No habría tenido motivo, incentivo para hacerlo: fui estudiante mediocre de italiano y pobre de historia, más me interesaban la física y la química, y además había elegido un oficio, el de químico, que nada tenía en común con el mundo de la palabra escrita. Fue la experiencia del Lager lo que me obligó a escribir: no tuve que luchar contra la pereza, los problemas de estilo me parecían ridículos, encontré milagrosamente tiempo para escribir sin jamás robar una hora a mi oficio cotidiano: me parecía tener este libro entero en la mente, sólo tenía que dejarlo salir y que descendiera al papel.
Ahora han pasado muchos años: el libro ha tenido muchas aventuras y se ha curiosamente interpuesto, como una memoria artificial, pero también como una barrera defensiva, entre mi tan normal presente y mi feroz pasado de Auschwitz. Lo digo con cierta vacilación, porque no quiero parecer cínico: recordar los Lager hoy no me provoca ninguna emoción violenta ni dolorosa. Al contrario: a mi experiencia breve y trágica de deportado se ha superpuesto esa otra mucho más larga y compleja de escritor-testigo, y la suma es claramente positiva; globalmente, este pasado me ha hecho más rico y seguro. Una amiga mía, que muy joven había sido deportada al Lager para mujeres de Ravensbrück, dice que el campo fue su universidad: creo poder afirmar lo mismo, es decir que viviendo y luego escribiendo y meditando acerca de aquellos hechos, he aprendido muchas cosas sobre los hombres y el mundo.


Apéndice de 1976 - Si esto es un hombre - Primo Levi