Mi vida discurre apaciblemente entre la lectura de su diario y la redacción del mío. A ello he de añadir el extraño placer que me proporcionan unos informes que yo misma he encargado realizar a un detective privado. Contraté a este sujeto, que ignora para quién trabaja, al objeto de que siguiera a Enrique, mi marido, pero muy pronto me aburrieron sus escarceos sexuales y sus trapícheos económicos, de manera que el otro día telefoneé a la agencia —sólo hablamos por teléfono— y le dije que se olvidara de Enrique Acosta y centrara sus energías en Elena Rincón, su mujer, que soy yo.
Salgo muy poco, pero me gusta que alguien me diga lo que hago cuando estoy en la calle. Así, no siempre, pero algunos de los días que abandono la casa para pasear o ir de compras, telefoneo a la agencia y digo que me sigan. Al día siguiente voy a un apartado de correos, que he contratado cerca de aquí, y recojo el informe que demuestra que hice lo que hice y no otra cosa. Como al detective le he encargado ser muy subjetivo, dice cosas de mí que yo ignoraba y eso, además de divertirme mucho, me reconstruye un poco, me articula, me devuelve una imagen unitaria y sólida de mí misma, pues ahora veo que gran parte de mi desazón anterior provenía del hecho de percibirme como un ser fragmentado cuyos intereses estuvieran dispersos o colocados en lugares que no me concernían. Tal vez por eso, entre otras cosas, no logré nunca alcanzar una adecuada comunicación con mi hija, que continúa percibiéndome como una madre fría, incapaz de llegar al núcleo de sus conflictos e incompetente para amarla. No me importa; también yo percibí a mi madre como un ser lejano y ahora resulta que es que era su antípoda. El tiempo que marca este reloj de péndulo, cuyo tictac me mece mientras redacto estas líneas, devolverá a cada uno las cosas que entregó colocando las piezas del puzzle de la vida en el lugar del que salieron cuando su imagen se quebró en pedazos.
La soledad era esto - Juan José Millas

