Nadie en la caliente noche, nadie. Ninguna mujer agradecida sonriendo en la puerta de calle. Separó la cortina de juncos que colgaba en la puerta de la cocinita de madera. Nadie. Sólo el reflejo de las hornallas del anafe brillando a la luz de la luna.
Reparó en que el actor no estaba en su pieza. Y volvió sobre sus pasos.
Las puertas totalmente abiertas, los postigones cerrados con una cadena y un candado. El actor dejaba la pieza así para que se ventilase. La lámpara estaba prendida. Vio muchos libros y papeles sobre la mesa.
Sintió el deseo irrefrenable de entrar y hurgar, mirar, sintió el deseo irrefrenable, pero lo refrenó.
Cierto pudor antiguo lo detuvo, el rostro severo de su madre, el gesto admonitorio. Una cosa era buscar al desconocido y otra ser un fisgón. Y ser un fisgón era como ser buchón.

