jueves, septiembre 30

El día después de mañana

La tele estuvo todo el día con la cara de la chica que se murió en pantalla. Desde hace poco más de un año, todas las muertes me pegan mal. Ayer ya lo pensaba. Hoy iba a ser un día como fue: todo el mundo recordando a la muerta, diciendo que era linda, que era buena, que qué talento; cómo si importara. Aunque quizás haya sido todo eso y mucho más, por lo menos para todos los que pudieron conocerla. Mañana, será alguna pelotudez de las de siempre, lo que ocupe la misma pantalla de hoy. Así es la tele. Así es el mundo.
Para todos los que tienen la fortuna de no saberlo, ni el día de la muerte de alguien, ni el día siguiente, ni siquiera los quince días posteriores son los verdaderamente dolorosos. En principio, el día en que alguien muere -repliquen a la n el dolor de cualquier muerte, en el caso de que se muera un hijo-, el golpe es tan duro, es tan fuerte, es tan increíble que el cuerpo se queda idiota de dolor. La noción de consuelo no existe. Hay que hacer lo que hay que hacer: quedarse despierto o dormir, vestirse, salir, ir al cementerio, dejar el cuerpo, volverse a casa. La sensación de incredulidad dura mucho tiempo. La única pregunta que uno se hace es si eso que pasó, pasó de verdad. Y mientras uno no hace más que hacerse esa pregunta todo el tiempo, los que acompañan, como pueden, dan ánimo de las maneras que conocen. Dicen que uno tiene que ser fuerte, que hay que salir adelante, que Dios va a compensar tanto sufrimiento, porque ellos, los que acompañan, todavía pueden creer en Dios. Le piden a uno que no se caiga, que se sobreponga, que busque consuelo donde ya no hay nada. Y esa situación, la del acompañamiento, casi siempre por parte de gente que a uno lo quiere y que quizás, hasta quiso al que se murió, se repite alrededor de quince días, día más, día menos.
Pero después de esa quincena, cuando todos menos los íntimamente ligados al muerto, vuelven a sus vidas y sus obligaciones, aparece el silencio. Y los recuerdos. Seguramente aparezcan porque el cuerpo se va recuperando de la paliza que le dio la muerte, uno vuelve a sentir el olor de los lugares, el sabor de la comida, se da cuenta si hace frío o calor, puede elegir las flores para llevar a la tumba por sus colores... en fin, el cuerpo, después de semejante paliza, vuelve, él también, a la vida.
Hasta que no tuve a mi hija en la panza, no me había dado cuenta de que toda la gente, hasta el más cobarde y despreciable de los seres humanos, había salido de otro ser humano. Esa información que uno tiene por default, sólo se me hizo visible cuando yo misma llevaba a alguien dentro de la panza. Desde el día que se murió mi hija, no puedo dejar de pensar que siempre se muere el hijo de alguien: bueno, malo, justo o injusto, decente o delicuente y que ese dolor, lo repito, no tiene comparación con ningún dolor conocido. Y desde ese mismo día, o mejor, desde los quince días siguientes a la muerte de mi hija, no pude más que compadecerme -un poco por mí también, para qué negarlo - por todos los que llegado el momento, empiezan a notar el silencio, comienzan a recordar y se van quedando -porque en algún momento tiene que suceder- solos, aunque estén rodeados de una multitud de gente. La muerte tiene eso: te deja absolutamente solo con tu corazón y con tu cabeza. El dolor es imposible de compartir. Cada uno lo siente de una manera diferente.
A medida que pasan los días, cuando el cuerpo entumecido empieza a reaccionar, uno se da cuenta de que en verdad no tiene fuerza; por más voluntad que pone, se cae igual; que salir adelante no es nada fácil; que no hay Dios que compense ni que consuele.
A mí me dio mucha pena la muerte de esa chica, ayer. No porque la quisiera mucho, ni siquiera porque la admirara. Me dolió porque me duele la muerte, desde hace un tiempo. Y aunque tampoco los conozco, ni los conoceré, me compadezco de su familia y de las familias de todos los que como yo, han tenido que enterrar a un hijo. Porque como dice la frase hecha, cuando se te mueren tus padres, te convertís en huérfano; cuando se te muere la pareja, te convertís en viudo, pero cuando se te muere un hijo, un hermano o un amigo, no hay forma de nombrarte.
Y encima de todo eso, lo único que querés es que te dejen llorar hasta que se te apague el dolor, si es que el dolor se te apaga alguna vez.
La vida sigue, sí. Siempre sigue. Y sigue sin ningún cambio: con las miserias de todos los días y las injusticias de cada hora. Y uno aprende a seguir viviendo, a pesar de todo.
Qué malparida es la muerte, che. Es la única que nos iguala a todos pero es la única igualdad que preferiría no compartir con nadie.
Ojalá haya algo más allá de esta vida. Ojalá. Y ojalá que sea algo mejor.