viernes, enero 4

El río

"Usted quédese una noche en Las Canaletas, va a ver si no siente que esos fantasmas lo rodean, si no siente que le hablan o tratan como de hablarle, de contar quiénes eran. No es el agua. No es el resonar del río o imaginaciones del viento; son como palabras que no se pueden pronunciar con palabras. Como una música, que al amanecer se olvida."

Abelardo Castillo - Las maquinarias de la noche - El tiempo y el río.

Amigos, bienvengan a Agustina que de río sabe mucho. Pasen y, como siempre, lean. No sean tímidos. Todos estos escritores quieren leer sus comentarios.

Salute.
V.


Los que se ahogan

Por esas cosas que tiene el negador discurso materno ("debés haberlo soñado, nunca pasó, no hables más de esas cosas"), ahora recordaba como si le hubiera pasado a otro. Tenía siete u ocho años. Lo primero que vio fue la mano azul fuera del agua. Nunca antes había visto una persona muerta.

Se quedó mirando todo aquello con curiosidad, pero llegaron los isleños y Prefectura a delimitar el lugar donde yacía ese cuerpo mórbido, extrañamente retorcido, con la cara hacia abajo y hojas podridas en el pelo y se quedaban pululando a su alrededor, como si él no existiera. Los curiosos tejían el drama de esa mujer desconocida; hablaban de la succión del barro que la atrapó mientras nadaba, de lo raro que era nadar vestida, de las inesperadas piedras en los bolsillos. Cuando la volvieron, por fin, boca arriba, vio los ojos abiertos, vidriados como los del ciervo embalsamado del museo regional, la piel verdosa tramada de venas, la boca llena de una pasta negra.

Entonces era apenas uno más entre las docenas de niños del asentamiento del arroyo local, sin sueños más allá de la puerta de salida, sin otra ambición que la de ver el mundo. Entonces no conocía la ira, ni el amor, ni la decepción, ni el aislamiento. No había ido a una guerra que no era suya, no había perdido cada oportunidad de ser feliz detrás de la promesa de una felicidad mayor. No sabía que la mujer en la que abandonó sus esperanzas a costa de abandonar a otra (la auténtica, la incondicional) finalmente lo abandonaría a él.

A lo largo de los años vio demasiadas cosas que no le gustaron, escuchó palabras que nadie querría oír, repetidas una y otra vez hasta que se hicieron un murmullo sordo y el torbellino de las frustraciones se hizo sangre en su cerebro, sangre en sus oídos, en su nariz y en su boca.

Llegado el momento, preso de una ira que no podía controlar, hirió y mató.

Volvió al páramo donde los que se ahogan siguen ahogándose cuarenta años después, con una pierna menos. Alguien le comentó al pasar que los vecinos pensaban establecer un puesto de vigilancia al pie del puente grande para notificar de inmediato los saltos de los dolientes que volvieron, pero que tienen la cabeza allá todavía, en la guerra y el desengaño posterior.

Llegó al lugar exacto. Distraído por los recuerdos, apoyó las muletas en la banquina. Se movió penosamente, dando saltos hasta el borde del puente chico, donde se encuentran el río y el arroyo bajo el sol menguante de la tarde. No había un alma, todos estarían celebrando el carnaval. Sus manos cuarteadas, indignas, aferraron la baranda de palos podridos por las sucesivas crecidas. Dedicó una última mirada de abandono al cielo rosado y un pensamiento indiferente a la vida. Todo lo que podía desear ahora.era descansar del sentimiento permanente de frustración, de la rabia mordida que no le permitían gritar, de los desplantes, de las oportunidades truncas.

El rumor de su cuerpo entregado al agua en un único chapoteo rasgó las entrañas del río. Abrió los ojos, la boca, los brazos. Aspiró con fuerza.

El mundo bajo el agua sonaba igual que la vieja rabia en sus oídos.

María Agustina Melchiori – Gualeguaychú – Entre Ríos

3 comentarios:

La Maria "C" dijo...

Ante algunas cosas, una se queda sin palabras, y lo único que se puede hacer es atestiguar la belleza.

¿Dónde se puede leer más de esta autora?

Gracias V por postear esto.

Javier dijo...

Me encantó, sobre todo el final.
Se puede sentir el ambiente fluvial, la presencia del agua en la vida del personaje (y en la autora, realmente).
Qué lindo es pintar tu aldea...

Matu dijo...

Cuanta profundidad tiene el relato, ¿no? Casi, o igual, a la que debe tener ese rio donde se zambullen, y sumergen, con los ojos, la boca y los brazos abiertos, aquellos que no resiten ni un minuto más la locura y la desesperanza.
El texto es visceral, y conmueve.
Me pareció piola que la autora nos situe en sus pagos, porque el rio puede ser cualquier rio, pero el carnaval que está por ahí cerca, donde están todos bailando, tomando cerveza, es propio de Gualeguaychu.
Felicitaciones.