Y sí. Otra vez. Otra vez, Vontrier con su perorata. Otra vez, un post largo. Larguísimo.
Pero si se lo pierden por vagos, peor para ustedes.
Yo lo leí completo y confirmé, una vez más, que siempre hay alguien que lo dice antes y mejor que uno.
Esta vez, fue un amigo de la casa:
Ray Loriga, desde Días aún más extraños(*), un libro que conseguí de casualidad y que le dolió tanto a mi bolsillo que no pude más que casi aprendérmelo de memoria para amortizar la cruenta suma que pagué por el ejemplar.
Como sea, hagan el favor de leer este post larguísimo, en algún momento del mes, porque además de decir cosas muy interesantes, lo dice de la forma en que siempre deberíamos hablar de literatura: como se habla de fútbol, de cine o de cualquier cosa que apasiona.
Otro día les cuento de Loriga, de cómo y cuándo lo encontré y de cómo y cuándo se volvió un escritor imprescindible para mí. Ahora: Lean!
Los libros quemadosJohn Cheever se levantaba todas las mañanas muy temprano, se ponía un traje de tres piezas, cogía un maletín y llevaba a sus hijos a la parada del autobús en el Upper West Side de Manhattan. Después de despedir a los críos con la mano, volvía a entrar en su edificio, pero en lugar de subir a su piso, bajaba hasta un pequeño cuarto junto a las calderas en el que había puesto una mesita y, sobre ésta, su máquina de escribir. Una vez allí, se quitaba el traje y escribía en calzoncillos, el calor de las calderas así lo exigía, hasta que los niños volvían del colegio. Entonces se vestía de nuevo, agarraba su maletin vacío e iba a la parada del autobús a recogerlos. Día tras día, Cheever fingía tener un empleo y una oficina y una posición que no tenía. Le avergonzaba confesar a sus hijos que en realidad no era más que un escritor.
Cuenta Ricardo Piglia, el formidable escritor argentino, que el peronismo sacó a Borges de la Biblioteca Nacional para nombrarle inspector de aves, un trabajo que consistía en inspeccionar distintos mercados de pollos. Una degradación irónica, dice Piglia, consciente de que no hay peor infierno para un escritor que el mundo real. También ha escrito Piglia que la literatura es más interesante que la vida y me temo que muchos escritores estamos de acuerdo. Y sin embargo, escribir avergüenza. Supongo que también avergüenza vivir si uno se para a pensarlo.
La gente escribe, cualquiera, todos, yo mismo. ¿Para qué? No está claro. Para corregir un error, para rectificar un dato, para ganar altura, dinero, prestigio, para birlarle una novia a un amante más diestro, para no pensar en la muerte o para pensar en ella con cierta distancia. O simplemente por tener algo que hacer, entre sopa y sopa, entre niño y niño, entre guerra y guerra. La gente escribe demasiado, es un hecho. Noventa y nueve de cada cien manuscritos son devueltos definitivamente a sus autores en un siniestro viaje de ida y vuelta a ningún sitio y aun así son tantos libros. Se empujan en los grandes almacenes, desbordan las pequeñas librerías y las casetas de las ferias, viajan al Perú como limosna, e incluso se rebajan a ofrecerse de regalo en los quioscos. Los libros ya no saben dónde ir ni qué hacer para que alguien los quiera. Y cuando los ejemplares no vendidos abultan demasiado, se queman en remotos polígonos industriales. También los nazis quemaban libros, pero no por falta de espacio. Pensaban matar con el fuego todo lo que no puede ser fácilmente exterminado y que de una manera u otra volverá para vengarse. Creo que en el fondo a los libros les gusta ser quemados, en la plaza no, en el almacén, tal vez porque los escritores somos todos muy vanidosos y cualquier luz que ilumine nuestro nombre por un instante es bien recibida, aunque sea la luz de las llamas, o tal vez porque los libros quemados en la plaza arden convencidos como ningún otro de su efectividad y su peligro. Del alcance de su estocada y de la altura de su vuelo.
Afortunadamente, contra el fuego de las cosas reales está el fuego de las cosas inventadas y es ahí donde la ficción le saca un cuerpo a la vida. En la vida uno apenas puede hacer nada, en la ficción todo es propio, hasta lo robado.Se escribe mucho, demasiado, tantos libros y tanta gente, y sin embargo qué pocos libros encuentran su dueño y qué pocos dueños encuentran su libro. Eso es lo más sorprendente de las grotescas listas de ventas; resulta imposible creer que tantas enfermedades distintas necesiten el mismo remedio. Se venden cien mil ejemplares de este dichoso
Código Da Vinci o de aquel otro, el que sea, como si tal cosa. Es extraño, pero resulta más fácil vender cien mil libros iguales que cien mil libros distintos. Eso cualquier librero lo sabe. Y sin embargo, pese a la popularidad del antídoto, no es posible que llevemos todos dentro el mismo veneno. Debajo de esos libros, que están muy bien seguramente, hay otros libros que seguramente están mejor. Como debajo de aquellos adoquines estaba la playa. A veces uno tiene la tentación de entrar en una librería y alterar la disposición de todos los ejemplares. Colocar los de arriba, abajo, y los del escaparate en los rincones. Poner en la mesa de los
best sellers una hermética antinovela de Beckett y, en el estante de literatura irlandesa, las memorias de Aznar y compañía. Empujar a Isabel Allende al destierro de las guías turísticas, a ver si se calla de una vez. Meter la mano en las estanterías y sacar algo inesperado; la literatura criminal de Rubem Fonseca, por ejemplo. Aquí como en tantas otras cosas, el pudor, esa forma humilde de decencia, me detiene. También el recuerdo de un viejo vendedor de la cuesta de Moyano que siempre nos decía: "Me da igual que compre o no, pero no me toque los libros".
Literatura y mercado son dos cosas muy distintas condenadas a vivir juntas, en la misma caseta, como los animales del zoo están condenados a vivir entre sus propios excrementos. Lectores y escritores nos miramos con demasiada frecuencia el ombligo buscando una fecha de caducidad que se impone sin existir. Llega la feria del libro y aprieta más la marea del mercado que el rumor de la literatura. Te encuentras con un conocido y se excusa, casi avergonzado, por no haber leído tu último libro. Ni falta que hace. Lea
Otra vuelta de tuerca que es mucho mejor. O
El Gran Gatsby o
Moby Dick. Lea a Conrad, a Twain, a Coetzee o a Bolaño. Lea a Gombrowicz por lo que más quiera y ya que está a san Juan de la Cruz y a William Burroughs, a la vez. Lea a Benet, a De Lillo y a Below. A todas las hermanas Brontë y al menos a uno de los hermanos Durrell, a Gerald si es posible. Lea a esos dos locos daneses, Andersen y Kierkegaard, que si uno similaba tener corazón, el otro simulaba tener chepa. Y a Nabokov y a Joyce y a Rulfo. Lea a Thomas Hardy, que sabe lo que dejamos atrás, y a Ballard, que sabe lo que nos espera. A Bernhard y a Bukowski, que cuando uno dice sí el otro dice no, a Evelyn Waugh y a Jim Thompson, y caiga en la cuenta de que el primero es más negro que el segundo. Y vuelva la vista al hermoso monstruo de Mary Shelley y al horrible ángel de Virginia Woolf y no se fíe ni un pelo de la nariz de Nicole Kidman, que es postiza. Lea a Wittgenstein aunque sólo sea por presumir y a Cortázar y a Borges, aunque le dé un mareo, y a Simone de Beauvoir aunque le ponga nervioso y a Proust aunque le aburra, que aburrirse no es más que pensar muy despacio. Y lea a Tolstoy, Dostoyevski y Chejov, que son todos muy rusos pero no se parecen en nada. Y a Mishima, que es un suicida japonés deliciosamente amanerado. Y a Unamuno, que es otro coñazo estupendo. Y a Cheever, que resulta que al final era marica. Y a Céline, que no esperó a que nadie quemase sus libros y los quemó, uno a uno, él solo, mientras los escribía. En fin, no vamos a citar aquí todo el canon de Bloom, ni siquiera el mío. Baste recordar que un mono puede fácilmente cruzar la historia, desde el lugar en el que estamos hasta el lugar donde empezamos, saltando de rama en rama, de página en página, de verso en verso. Y con el mismo método se puede llegar también hasta el futuro, que a pesar de los agoreros, seguro que tenemos uno. Así que, después de todo, lea también los libros que están por llegar, los que todavía no se han escrito, léalos en cuanto pueda, antes de que estén terminados, porque las obras acabadas son más tristes. Como decía Marguerite Duras, las obras acabadas se contabilizan ya en las columnas de la muerte.
Y después de leer el Quijote de Zapatero, no piense que lo ha leído ya todo, que el Quijote no es el final, sino el principio.
Pero todo esto ya se sabe, y a cuento de qué, entonces, repetir lo que se ha dicho tantas veces.
Aquí la Duras nos ayuda: "Hay que volver a decir".No hay otra razón para seguir escribiendo.También hay que volver a escuchar. No hay otra razón para seguir leyendo.No nos queda más remedio que vivir.Por eso los libros prefieren ser quemados antes que ignorados. Cualquier escritor daría hasta el último céntimo de la pensión de su madre por ver, aunque sólo fuera una vez, todas sus páginas en llamas.
29 de mayo, 2004
(*) A mediados de los noventa, Ray Loriga publicó un pequeño libro llamado Días extraños , conformado por una colección de fragmentos breves. Los textos reflejaban el esfuerzo de un joven escritor por expresar una nueva sensibilidad, una nueva cosmogonía urbana, quizás, un poco oscura.
Días aún más extraños compila una serie de artículos publicados en El País, a lo largo de los últimos años más dos narraciones inéditas, anticipadas por una carta apócrifa a Rodrigo Fresán.