sábado, mayo 26

Paseo

"En Rapid City, South Dakota, mi madre me daba cubitos de hielo envueltos en servilletas para que los chupase. Estaban saliéndome los dientes y el hielo me insensibilizaba las encías.
Aquella noche atravesamos los Badlands. Yo viajaba en la bandeja que hay detrás del asiento trasero del Plymouth, mirando las estrellas. El cristal estaba helado al tacto.
Nos detuvimos en la pradera, en un lugar donde había un círculo de enormes dinosaurios de yeso blanco. No era un pueblo. Simplemente los dinosaurios iluminados desde el suelo por unos focos.
Mi madre me llevó a dar una vuelta abrigado bajo una manta parda del ejército. Tarareaba una canción lenta. Creo que era «Peg o' My Heart». La tarareaba bajito, para sí misma. Como si sus pensamientos estuvieran muy lejos de allí.
Serpenteamos lentamente por entre los dinosaurios. Por entre sus patas. Bajos sus tripas. Describimos círculos en todno al Brontosauro. Miramos desde abajo los dientes del Tyranosaurus Rex. Todos tenían unas lucecitas azules a modo de ojos.
No había nadie. Sólo nosotros y los dinosaurios."

9/1/80
Homestead Valley, Ca


Crónicas de Motel - Sam Shepard

domingo, mayo 20

Feliz domingo

Este blog no se trata de esto, no. No.
Pero como resulta que el domingo es un día de porquería y porque justo hoy la vida no me sonríe sino que me hace una mueca muy burlona y porque les estoy haciendo muchas preguntas y porque no sólo de libros viven los hombres y las mujeres, vaya esta invitación a que vean el video, suban el volumen y bailen un poco, si les da la gana.
En definitiva, nosotros, los que leemos, también nos merecemos un rato de baile.




sábado, mayo 19

Ocho

1. Usa el tiempo de un total extraño de tal forma de que él o ella no sienta que lo desperdició.

2. Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella pueda relacionarse.

3. Cada personaje debe desear algo, aunque sólo sea un vaso de agua.

4. Cada frase debe hacer una de estas dos cosas: revelar al personaje o avanzar en la acción.

5. Comienza tan cerca del final como sea posible.

6. Sé sádico. No importa cuán dulces e inocentes sean tu personajes, haz que les ocurran cosas atroces, para que el lector pueda ver de qué están hechos.

7. Escribe para satisfacer a una sola persona. Si abres una ventana y quieres agradarle a todo el mundo, a tu cuento le dará una neumonía.

8. Dale a tus lectores tanta información como sea posible, tan pronto como sea posible. Al diablo el suspenso. Los lectores deberían tener una comprensión tan completa de lo que está pasando, dónde y cuándo y por qué, que deberían poder terminar el cuento ellos mismos, y las polillas deberían comerse las últimas páginas.


Las ocho reglas para escribir un cuento - Kurt Vonnegut

jueves, mayo 17

Pura envidia

Alguna vez hablamos del tono Salinger, se acuerdan?
Hace días que vengo pensando en que si por algún misterio divino me preguntaran como quién me gustaría escribir, sin dudar, diría como Carver o como Cheever. (Total, es un misterio divino y no me voy a andar con chiquitas si algo así llega a suceder)
Hoy quiero saber quiénes serían sus elegidos.

Me está gustando esto de preguntarles cosas. Si se aburren, chiflen.

Salú.
V.

Fiesta!


La gente de Portela 164 organiza fiesta este fin de semana.
Si no los conocen, pueden entrar a esta página para enterarse qué es Portela 164.
Quedan todos los lectores formalmente avisados.
Salú.
V.

martes, mayo 15

Fuera de campo

He aquí un notable ejemplo de manejo de fuera de campo literario.
Qué grande, Tizón.
"Ahora está el ciego otra vez sentado al sol al promediar la mañana. De él se dice que no siempre fue ciego y era fama también que, al no alternar sus ojos las sombras y la luz, dormía menos que un pájaro. Cualquiera que subiese al viejo y abandonado campanario de la iglesia podría contemplarlo allí, en medio del parque que rodea la casa . En eso consistía, precisamente, el gran desquite de su cónyuge, mujer obesa y rubia, de blancura impresionante, en cuyos brazos bailoteaban innumerables pulseras. Ella, canturreando muy quedo un aria en su lengua materna, empujaba la silla rodante del ciego hasta detenerla en un lugar no muy distante, donde crecían unos mimbres agobiados por plantas trepadoras. Así quedaba el ciego, aislado, en la suave y luminosa resolana, mudo, aterrorizado por las serpientes que pudieran deslizarse en el jardín; temor subyacente aun en los instantes en que ella, asomada al gran ventanal y ensayando unos gorgoritos alentadores lo azuzaba para que cantase la dulce tonada que él nunca llegó a saber cuándo había aprendido. Enseguida del almuerzo el ciego volvía a su mecedora, en la galería, aguardando la llegada del otro, cuando su mujer se ocultaba en la interminable pausa de la siesta. Allí no hacía más que esperar alguna señal, sin que se le escapara el mínimo ruido porque todo el poder de sus ojos se había trasladado a sus oídos. Luego armaba cuidadosamente el ingenioso aparato que reproducía el vaivén de su cuerpo en la silla: una piedra de peso adecuado puesta en el extremo del arco de la mecedora y en el otro una cuerda elástica amarrada a una estaca entre los trípodes de los innumerables maceteros, que se ocupaba en disimular. Con tal mecanismo la mecedora no interrumpía su balanceo cuando él se incorporaba cautelosamente para pegar su mejilla contra la puerta de la habitación. Entonces transcurrían momentos tensos para el ciego ­ horas, a veces ­, tiempo controlado por él mismo con su vieja maestría para calcularlo, de acuerdo al ritmo de sus pulsaciones (seiscientas pulsaciones divididas en grupos de veinte). Era testigo así de jadeos, voces ahogadas, quejidos, pequeñas risas silenciadas de pronto por inaudibles advertencias; a veces, por ciertos estrépitos sofocados, parecían rodar cuerpos en el suelo; o surgía el silencio y sólo se escuchaba el crepitar del reseco maderamen de la mecedora en la galería, moviéndose, vacía, en perpetuo vaivén. Pero cuando eso ocurría ya el ciego estaba impaciente y sintiendo el frío del picaporte en sus mejillas mojadas por las lágrimas gritaba dando feroces golpes en la puerta. Desde el interior la mujer gorda trataba de calmarlo, gritando a su vez con voz dulce: ¿Qué pasa? ¡Ya voy, chiquitín! Al oírla, el ciego cesaba de golpear y rápidamente regresaba a su mecedora, desanudaba el cordón elástico, ocultaba la piedra y permanecía en espera, distraídamente, con la mirada de sus ojos hueros en dirección de las montañas".




Ciego al Sol - El gallo blanco - Héctor Tizón

domingo, mayo 13

¿Cuál?

Ultimamente es inevitable que haga preguntas.
No es de chusma, es de curiosa, diría la vecina con ruleros de la vuelta de mi casa. (Sí, todavía existen las vecinas con ruleros)
Vamos a ver si tengo suerte con esta pregunta:

¿Cuál fue el libro que les causó mayor fascinación en la tierna infancia? ó ¿Cuál es el que recuerdan con mayor cariño?


No tiene que ser necesariamente una obra fundamental de literatura universal, o sí pero bajo la condición excluyente de que sea fundacional en la literatura personal.
Si ustedes, como yo, disfrutaban de los libros tanto o más que de los juegos y juguetes, van a ser buenos y me van a contestar.
Para que no me acusen de intrigante, aquí van los míos:

Corazón, de Edmundo de Amicis; Mujercitas, de Louisse M. Alcott y Shunko, de Jorge W. Abalos.

Los leo atentamente.
(No se pongan ansiosos que tengo muchas otras preguntas para hacerles)

Saludos a todos.
V.

jueves, mayo 10

Estilo e idioma

Buscando otra cosa, como suele pasar, encontré -por suerte- esta entrevista que le hicieron a Castillo y recordé que cuando empecé a escribir, uno de mis maestros nos envió por mail esta anécdota. Me pareció una buena oportunidad para compartirla con ustedes (aunque quizás ya la conozcan).
Debajo del extracto, el vínculo del blog en el que encontré esta entrevista.

-¿Es verdad que usted creía tener un estilo antes de empezar a escribir?


-De joven escribí un cuento llamado "El último poeta", del cual yo estaba muy orgulloso, y se lo llevé a un viejo sabio sanpedrino que leía en diez idiomas. El cuento empezaba literalmente así: "Por el sendero venía avanzando el viejecillo". Fue lo único que le leí y resultó ser mi único taller literario, que duró el tiempo que tardé en decir esa primera frase. Me paró en seco y me preguntó: "¿Por qué `sendero´ y no `camino´? ¿Por qué `viejecillo´ y no `viejo´? ¿Por qué venía `avanzando´ y no `caminando´? Y ¿por qué `Por el sendero venía avanzando el viejecillo´ en vez de `El viejecillo venía avanzando por el sendero´, que era el orden lógico? Y además, ¿por qué `El´ viejecillo, si no conocíamos el personaje y no `Un´ viejecillo?" O sea que en una sola frase yo tenía todos los errores posibles. Entonces yo le dije: "Porque ése es mi estilo, señor". Y él me respondió: "Antes de tener estilo hay que aprender a escribir." Ahí me di cuenta de que la literatura no era sólo viejecillos que venían avanzando por el sendero... Mi otra gran lección provino de una clase de literatura de mi profesor de castellano, donde explicaba el préstamo que hay entre un idioma y otro o cómo un idioma absorbe palabras de otro con toda naturalidad. Y hablaba de la influencia árabe en la lengua española. Entendí que el idioma es un organismo vivo. Que no es el diccionario o la gramática sino algo que hacen los hombres y que admite intercambio. Es como si hubiera entendido el misterio de la lengua. Porque hasta ese momento, para mí el idioma era algo sólido.

Les recomiendo que lean la entrevista completa que le realizó a Castillo, Silvia Hopenhayn para el diario la Nación en Ignoria

martes, mayo 8

Recomendación




INTERIORES
Santiago Iturralde

INSIGHT ARTE
Directora
Paula Coppa Oliver

ESTE MIÉRCOLES 9 DE MAYO A PARTIR DE LAS 19HS
AV. CALLAO 1777 PB

lunes, mayo 7

¿Qué están leyendo?

No es una pregunta retórica.
Supongan que es una encuesta enviada por e mail, de esas tipo cadena para conocerse mejor.
Espero sus comentarios con curiosidad.

Saludos.
V.

sábado, mayo 5

Beso

Soy un viejo. Mi sangre es oscura por falta de oxígeno, mi respiración es sibilante a causa de la enfermedad. Sólo la noche gélida es magnífica. Caminamos en ella lentamente, encorvados. Nuestros pasos son lagos como tenedores comunes. Francine me toma del codo.
Tenemos secretos mezquinos y sueños deleznables, planes que no van más allá de la elección de un almacén donde haremos las compras y las rimas que leeremos, y cuando volvemos a nuestro porche mi necedad se ha apaciguado. Me duelen las rodillas y los codos. Es un dolor mortal de carne cansada, cartílagos que el tiempo ha endurecido. No tengo más ánimo para soñar. Nos desvestimos en el vestíbulo, escarcha en el pelo, los abrigos tiesos debido al frío. Francine reduce el termostato. Vamos arriba y ella se tiende en su lado de la cama y yo en el mío.
Está oscuro. Permanecemos así durante un tiempo y entonces, antes del amanecer, yo sé que duerme. Hace frío en nuestra habitación. Al escuchar su respiración sé que mi vida llega a su fin. No puedo entrar en calor. Lo que quisiera decirle a mi esposa es lo siguiente:

Aquello que
la imaginación
tiene por bello debe ser la verdad.
Aquello que te retiene
a lo que ves de mi
no es sino esa conciencia.


Pero no digo nada. Me doy vuelta en la cama, extiendo los brazos y la toco, y sorprendida se vuelve hacia mí.
Cuando la beso sus labios están resecos, agrietados contra los míos, desconocidos como el fondo del mar. Pero entonces los labios ceden. Se separan. Estoy dentro de su boca y allí, todavía, escondida del mundo, como si la decadencia hubiera pasado por alto una parte, hay humedad...¡Señor! Tengo la sensación de un milagro. Su lengua avanza. En ese momento me desconozco, quién soy, con quién estoy abrazado. Apenas recuerdo su belleza. Me toca el pecho y yo muerdo suavemente su labio, extiendo la humedad a su mejilla y la beso ahí. Me parece escuchar un suspiro.
-Frank-dice-. Frank.
Estamos perdidos en mares y desiertos. Mi mano encuentra sus dedos y los aferra, hueso y tendón, cosas frágiles.




Somos viajeros nocturnos - El emperador del aire - Ethan Canin