jueves, marzo 29

Madurez


"Tengo mala memoria. Algunas etapas de mi vida, el aspecto exterior de ciertas personas, determinados encuentros aparecen entre mis recuerdos como a través de una bruma, casi no han dejado rastro; me acuerdo de algunos acontecimientos ligados entre sí por lazos débiles, reunidos en una sola y enorme masa. Esa masa encierra, como el ámbar que contiene los restos de un insecto, la vida simbólica de algunas personas. Las personas que he abandonado perviven en mis recuerdos como si estuvieran muertas. Tengo mala memoria y soy ingrato. A veces surge del caos alguna persona y a su alrededor los recuerdos cristalizan en hilachas como si fuesen algas, y tengo que sacarlos y dejarlos limpios porque están cubiertos de los restos del pasado. Podría citar un centenar de nombres de aquella época de mi vida, mujeres y hombres que desempeñaron un papel en ella que entonces me pareció importante e incluso decisivo. Entre ellos había algunos hombres con quienes he luchado a vida o muerte, pero cuyo nombre ya no recuerdo, aunque recuerde los detalles de la pelea. Conocí a muchas mujeres en aquellos primeros años que pasé en el extranjero, entre ellas a la que se fugó de Frankfurt conmigo y que seguramente me amaba; y, sin embargo, ya no recuerdo su nombre de pila. De esa primera época sólo sigue viva en mi memoria la condesa. También aparece, como una sombra, Hanns Erich. Debía de pensar que entre nosotros dos había quedado alguna cuestión sin zanjar, quizá la diferencia de nuestros orígenes, quizá unos sentimientos deformes, no lo sé. El caso es que un día fue a verme a Berlín.
La heroína de mi aventura en Berlín se queda atrás en la carrera de los recuerdos. Yo no sabía amarla, y en lo demás no me interesaba. Debió de ser una mujer sentimental y vanidosa; era alta y rubia. En Berlín la dejé en una pensión y me olvidé de ella. Durante un tiempo siguió escribiéndome y llamándome por teléfono hasta que, de pronto, dejó de hacerlo. No sé si conoció a alguien de repente o si volvió a Frankfurt. No me acuerdo ni de su nombre ni de sus ojos ni de su voz, sólo de su porte orgulloso, de su aspecto y de sus largos muslos blancos. Los recuerdos de la vida amorosa de un joven se componen de muslos, brazos, gestos, movimientos... Cuando el rostro aparece entre los demás miembros del cuerpo, termina la pubertad y empieza la edad madura del hombre."


Capitulo II - Confesiones de un burgués - Sándor Márai.

lunes, marzo 26

Roto

A esta altura se puede pensar que me volví fanática de Benjamín Prado y sería una verdad a medias.
Suele pasarme que una vez que empiezo a leer un autor o a pensar en un tema, comienzan a aparecer misteriosamente, cosas que tienen que ver con él.
Así encontré unos poemas que no conocía de Benjamín Prado.
Este fue el que más me gustó:



Solo, en medio de todo;
estar tan solo
como es posible,
mientras ellos vienen
muy despacio,
se agrupan,
ponen su campamento,
invaden,
talan,
hunden,
derriban las palabras
una a una,
se reparten mi vida,
poco a poco,
levantan su pared
golpe a golpe.
Después se van;
se marchan
lentamente,
pensando:
-Nunca podrás huir de todo lo que has perdido.
Tal vez tengan razón.
Tal vez es cierto.
Pero llega otro día,
el cielo quema
su cera azul encima de las casas;
yo regreso de todo lo que han roto,
busco entre lo que tiene
su propia luz,
encuentro
la mirada del hombre que ha soplado unas velas,
el limón que jamás es parte de la noche;
ato,
pongo de pie,
reúno los fragmentos,
me convierto en su suma.
Y todo vuelve
otra vez;
las palabras
llegan donde yo estoy;
son las palabras
perfectas,
las que tienen
mi propia forma,
ocupan cada hueco
y cierran cada herida.
Las palabras que valen para hacer estos versos
y sentarse a esperar que regresen los bárbaros.


Roto - Todos nosotros - Benjamín Prado - 1988






Abismo

24 de abril


Es preciso haber sentido la manía de la autodestrucción. No hablo del suicidio: gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de "contarla", sólo puede llegar al suicidio por imprudencia. Y además, el suicidio aparece ya como uno de esos heroísmos míticos, de esas fabulosas afirmaciones de una dignidad del hombre ante el destino, que interesan estatuariamente, pero que nos dejan abandonados a nosotros mismos. El autodestructor es un tipo más desesperado y utilitario al tiempo. El autodestructor se esfuerza por descubrir en su interior cualquier lacra, cualquier cobardía, y por favorecer estas disposiciones a la anulación, buscándolas, embriagándose con ellas, disfrutándolas. El autodestructor está en definitiva más seguro de sí que cualquier vencedor del pasado, sabe que el hilo del apego al mañana, a lo posible, al prodigioso futuro, es un cable más fuerte -tratándose del último empujón- que no sé cuál fe o integridad. El autodestructor es sobre todo un comediante y un dueño de sí. No desperdicia ninguna oportunidad de sentirse y de probarse. Es un optimista. Lo espera todo de la vida, y se va afinando para producir bajo las manos del caso futuro los sonidos más agudos o significativos. El autodestructor no puede soportar la soledad. Pero vive en un continuo peligro: que lo sorprenda una manía de construcción, de ordenación, un imperativo moral. Entonces sufre sin remisión, y podría incluso matarse.

Es preciso observar bien esto: en nuestros tiempos el suicidio es un modo de desaparecer, se comete tímidamente, silenciosamente, chatamente. No es ya un hacer, es un padecer.¿Quién sabe si volverá aún al mundo el suicidio optimista?


Expresar en forma de arte, con finalidad catártica, una tragedia interior, sólo puede hacerlo el artista que a través de la tragedia vivida estaba ya tendiendo sutilmente sus hilos constructivos, desarrollaba una incubación creadora, en suma. No existe la tempestad sufrida locamente y después liberación a través de la obra, so pena de suicidio. Tan cierto es esto que los artistas que se han matado de veras por sus trágicos casos, suelen ser ligeros cantores, aficionados a sensaciones, que nada insinuaron jamás en sus cancioneros del profundo cáncer que los roía. De lo cual se aprende que el único modo de huir del abismo es mirarlo y medirlo y sondearlo y bajar a él.

Es de una desolación tonificante -como una mañana invernal- el padecer una injusticia. Eso hace retoñar, según nuestros más celosos deseos, la fascinación de la vida; devuelve el sentido de nuestro valor frente a las cosas; adula. Mientras que sufrir por puro azar, por una desgracia, es envilecedor. Lo he probado, y quisiera que la injusticia, que la ingratitud hubieran sido mayores. Esto llama a vivir y, a los veintiocho años, no ser precoces.


Para la humildad. Es tan raro, sin embargo, sufrir una hermosa y total injusticia. Son tan tortuosos nuestros actos. En general, siempre encontramos que un poco de culpa la tenemos también nosotros, y adiós mañana invernal.




El oficio de vivir - Cesare Pavese

miércoles, marzo 21

Puras mentiras

Aclaración: Esta es una entrada muy larga. MUY. Si son de esos que se desalientan, bueno... les recomiendo que esperen al próximo post; pero si son curiosos y no les da fiaca, entrenle al texto, a mí me parece que vale la pena.


Para Valen porque prometí leerle, un día, el libro completo



Nadie llega a almirante en el barco de otro, asi que todo el mundo necesita su propio sueño: cuando pierdes uno, tienes que saltar sobre el siguiente. Una vez estuve atrapado entre dos mujeres. La primera mujer fue la primera mujer por la que le mentí al recepcionista de un hotel -creo que eso lo he leído en alguna parte-; la segunda mujer era una de esas por las que merece la pena mentirse a si mismo. Con una lo había aprendido todo y con la otra descrubrí que aún no sabía nada. Podéis jurar que estaba en un buen lío, todo el tiempo corriendo de arriba para abajo con tanto cuidado de que unas mentiras encajasen en otras que al final me sentía como uno de esos tipos que hacen catedrales con palillos de dientes.
La primera mujer tenía una casa cerca de una estación y tenía siempre puesta música de Bowie y cuando te quedabas callado podías oír llegar los trenes y algunas noches no era fácil distinguir los trenes de los ríos. Comíamos en la clase de bares en que no te extrañaría encontrarte unas orejas de pastor alemán en la sopa y bebíamos tanto Jack Daniel´s que algunas noches no era fácil distinguir a Bowie de los trenes. Estaba loco por ella y ella estaba loca por mí y tomar una decisión al respecto parecía tan sencillo como apostar a colocado y ganador en una carrera en la que sólo había dos caballos. De manera que empezamos a vivir juntos y todo se derrumbó. Formar una familia consiste en que una princesa de ojos esmeraldas se convierta de pronto en un montón de ropa sucia metida en un cubo, mientras casi dirías que puedes oír el ruido de los sueños al caer y romperse y de repente eres Emerson Fittipaldi trabajando en un desguace y la chica va quedándose poco a poco en medio de los platos manchados y la lavadora rota y los zapatos viejos como Errol Flynn rodeado por los indios.
La segunda mujer apareció después y decir que era bonita sería igual que describir el Gran Cañón del Colorado como una explanada grande. Llevaba pantalones de campana y escuchaba Nivana y a los Spin Doctors y vivía al lado de una autopista y le gustaba mirar caer la lluvia encima de los coches encendidos y la noche que se mató Kurt Cobain estuvimos mirando la línea de luces rojas que se alejaban de nosotros y la línea de luces blancas que buscaban el corazón de la ciudad como los faros de un barco buscan el corazón de un río y un día me dijo que toda la vida de algunas personas no era nada más que una falsa alarma y que ella había sido una de esas personas hasta que me conoció a mí y yo le dije que el mundo estaba lleno de tipos que caminaban sobre el agua y que no se fiase de ninguno de ellos y ella me dijo que yo no comprendía lo que era el destino y me dijo que yo no sabía lo cerca del infierno que se puede estar aquí arriba.
Mi vida empezó a ser divertida: me pasaba la mitad del tiempo bailando al ritmo de Bowie y la otra mitad al de Nirvana, pero poco a poco empecé a sentir que no formaba parte de la música: solo era un bailarín. También descubrí lo agotador que resulta ser un mentiroso: todos tus días terminan como si acabases de pasar a máquina Los hermanos Karamazov. De modo que en algún momento empiezas a hacerte preguntas y a necesitar respuestas, sales a la calle y conduces hasta las urbanizaciones y de repente estás mirando las pistas de tenis vacías, preguntándote si las cosas tienen algún sentido y si en cualquier caso merecería la pena que así fuera. Pero te dices a ti mismo: a la mierda, la gente piensa que un escalón más abajo de las aventuras están los problemas, pero preferiría tirarme de cabeza a un barril de ácido antes de dejar mi vida en manos de una frase como esa.
Una vez, la segunda mujer quiso que conociera a su familia: su padre y sus tres hermanos, la madre había muerto hacía un año. La cena fue en una especie de club hípico, con caballos brillando a la luz de la luna, un lago artificial con patos rojos y un pequeño embarcadero: la clase de sitio donde uno se asombra de que prosperidad y aburrimiento sean dos palabras distintas.
Los cuatro hombres de la casa me recibieron con la misma cordialidad con que un rabino habría recibido a un fabricante de hornos de Auschwitz. El padre tenía una elegancia militar y lo cierto es que no se me ocurre una manera de describir a los hermanos, salvo decir que si les hubiesen metido en una jaula de gorilas habría sido francamente difícil distinguir cuáles eran ellos tres.
-Así que tu eres el gran escritor -dijo el padre, con el mismo tono que habría empleado para decir: "Sucio hijo de puta, quítale las manos de encima a mi hija o te mataré." Tenía el aspecto de alguien a quién la vida no le ha dado ni la mitad de lo que esperaba pero que sabe convencerse a sí mismo de que el lugar al que ha llegado es arriba de todo; uno de esos tipos a quienes les encanta conducir una apisonadora por encima de tus sueños.
-A mis chicos no les gusta mucho leer -dijo-; prefieren el baloncesto.
-No os preocupéis -dije-, con todos los escritores que yo no he leído se podría llenar el estadio Olímpico.
Los gorilas me dieron uno detrás de otro la mano, de esa forma en que lo hacen los tíos que quieren demostrarte lo fácil que les resultaría romperte la nariz. Los tres llevaban chaquetas deportivas y polos Lacoste; yo iba con un chaleco de cuero y botas de piel de serpiente: parecía Keith Richards en medio de una convención de jugadores de golf.
La cena fue un desastre: cuatro tíos sin ningún tema de conversación y sin ningunas ganas de buscarlo.
-¿Sabes? -dijo al final el padre-, desde que murió su madre ella es lo único que tenemos. No podríamos soportar que diera un mal paso.
La cosa se estaba poniendo fea, asi que decidí echar abajo sus defensas haciéndome el gracioso. Cuando el padre pidió un postre del que sólo recuerdo que incluía la palabra coñac, uno de esos sobre los que el camarero echa licor, lo prende y te lo sirve en llamas, dije con mi mejor estilo Lenny Bruce:
-Estupendo, nunca antes me había comido el bombardeo de Pearl Harbour.
Les hizo tanta gracia como si hubiese dicho: Eh, chicos, acabo de desenterrar a vuestra madre y tirarla a un cubo de basura.
Cuando salimos le dije a la chica que lo sentía, que la había jodido otra vez y que lo mejor que podía hacer era alejarse de mí y regresar a su mundo de jinetes con casacas rojas y restaurantes con moqueta azul.
-¿Estás loco? Eres maravilloso -dijo, y fuimos a su casa y pusimos un disco de los Rolling Stones y estuvimos haciendo el amor hasta volvernos idiotas, mientras yo me preguntaba por el sentido de la palabra verdad y de la palabra mentira; mientras las torres de la ciudad se iban volviendo rojas; mientras Mick Jagger repetía una y otra vez: el amor es duro, pero tú eres tan dulce.



Las cosas siguieron como estaban durante un tiempo. Una noche, en mi casa, me puse a mirar las fotos de familia de la primera mujer: de pequeña, hermosa igual que un ángel, en una playa, haciendo con su padre un castillo de arena; o unos años después, en la calle de alguna ciudad con terrazas de verano y pequeños faroles verdes iluminados a su espalda; y entonces, por un momento, supe que yo iba a volver algún día a aquellas ciudades y playas del pasado a romper todos sus castillos de arena, a decirle a aquella chica que tarde o temprano llegaría la lluvia a apagar todos los faroles y a dejar las terrazas vacías. Fui donde estaba y la desperté y le dije: aléjate de mi, vete lo más lejos que puedas; en todos los sitios hay playas, aunque no haya mar. Pero me contestó: ¿Estás loco? Te quiero. Y entonces supe que en realidad las dos mujeres eran la misma mujer, que la primera había sido la segunda y la segunda terminaría por ser la primera y que yo no era lo suficientemente bueno para ninguna de las dos.



El tiempo siguió pasando, pero yo sabía que ahora corría hacia atrás. Ojalá hubiera sido Abraham Lincoln para inventarme una frase del tipo de puedes hacer daño a alguna gente todo el tiempo y puedes hacer daño a toda la gente durante un tiempo, pero no puedes hacer daño a todo el mundo todo el tiempo. Bueno, pues la idea era ésa. O tal vez es que cuando tienes dos cosas y no sabes cuál elegir, lo mejor es librarte de las dos.
Primero llamé a la segunda mujer y cuando lo hice creía que la única forma de acabar de una vez es decir algo que sea mucho peor que la verdad, así que puse mis monedas en una cabina y dije:
-En serio, cielo, me he divertido mientras ha durado, pero ahora tengo cosas importantes que hacer.
Cuando colgué el teléfono me sentía el cabrón más sucio que había pisado el mundo: ni rastro de la nobleza que había previsto, nada de felicidad, ningún alivio; sólo sentía dolor y miedo, dolor por ella y dolor por mí y miedo a la oscuridad del camino que había empezado a andar.
Antes de la segunda llamada salí a la calle porque me temblaban las piernas y porque necesitaba beber una botella de lo que fuese detrás de otra hasta que dejaran de hacerlo. Al rato llegó un tipo con buena mercancía y ganas de compartirla y luego alguien con unas entradas para un concierto y después unas chicas que conocían una casa donde iba a haber una fiesta. Cuando volvimos, el sol estaba saliendo y yo estaba más abajo de lo que había estado nunca.
(...)
Cuando desperté estaba en una casa desconocida y había unos tipos bailando claqué con zapatos de buzo dentro de mi cabeza. Marqué el número de mi casa: no contestaba nadie, así que llamé a un amigo y fuimos a un Hollywood a tomar hamburguesas y brownies y a tener la misma conversación sobre deportes y literatura de todas las otras veces que habíamos ido a un Hollywood a tomar hamburguesas y brownies. Después entré en una cabina y volví a llamar a mi casa vacía y después llamé a la portera.
-Se marchó esta mañana con sus amigos -dijo-. En realidad, preguntaban por usted.
-¿Mis amigos?
-Sí, los que venían para jugar el partido. Ellos traían sus palos. Dijeron que como usted no estaba, jugarían con ella.
-Pero ¿de qué coño me está hablando?
-Eran muy simpáticos, el señor mayor y los tres chicos. Se parecían mucho, como si fuesen hermanos.


Raro - Benjamín Prado

lunes, marzo 19

Voz

Que me dejen con mi voz nueva, desconocida. No, no me dejen. Oscura y triste la infancia se ha ido, y la gracia, y la disipación de los dones. Ahora las maravillas emanan del cuerpo del nuevo centro (desdicha en el corazón de un poema de nadie destinado). Hablo con la voz que está detrás de la voz y con los mágicos sonidos del lenguaje de la endechadora.
A unos ojos azules que daban sentido a mis sufrimientos en las noches de verano de la infancia. A mis palabras que avanzaban erguidas como el corcel del caballero de Bemberg. A la luz de una mirada que engalanaba mi vocabulario como a un espléndido palacio de papel.
Me embriagaba la luz. No nombro más que la luz. Quiero verla. Quiero ver en vez de nombrar.
No sé dónde detenerme y morar. El lenguaje es vacuo y ningún objeto parece haber sido tocado por manos humanas. Ellos son todos y yo soy yo. Mundo despoblado, palabras reflejas que sólo solas se dicen. Ellas me están matando. Yo muero en poemas muertos que no fluyen como yo, que son de piedra como yo, ruedan y no ruedan, un zozobrar lingüístico, un inscribir a sangre y fuego lo que libremente se va y no volvería. Digo esto porque nunca más sabré destinar a nadie mis poemas.
Vida, mi vida, ¿qué has hecho de mi vida?
Hemos consentido visiones y aceptado figuras presentidas según los temores y los deseos del momento, y me han dicho tanto sobre cómo vivir que la muerte planea sobre mí en este momento que busco la salida, busco la salida.
Volver a mi viejo dolor inacabable, sin desenlace. Temía quedarme sin un imposible. Y lo hallé, claro que lo hallé.
La aurora gris para mi dolor infuso, me llaman de la habitación más cercana y del otro lado de todo espejo. Llamadas apresurándome a cubrir los agujeros de la ausencia que se multiplican mientras la noche se ofrece en bloques de dispersa oscuridad.
Luz extraña a todos nosotros, algo que no se ve sino que se oye, y no quisiera decir más porque teodo en mí se dice con su sombra y cada yo y cada objeto con su doble.


Tangible Ausencia - Alejandra Pizarnik - Prosa completa

domingo, marzo 18

Cien

Esta entrada es la número 100. Tuve que pensar un poco para saber si la entrada número 100 tenía que ser un párrafo de algún libro o algo escrito directamente por mí. Pensé que esta vez tenían que ser mis palabras, y después, me arrepentí, asi que hay un poco y un poco.
Vamos:
Gracias es una palabra que no sirve casi para nada. Decir "gracias" al recibir un vuelto, o cuándo alguien alcanza algo que se ha caído, es una especie de buena costumbre, de cosa que se dice por decir. Decir gracias cuando a uno le han donado un órgano o lo acompañaron en la risa y en el llanto, es tan poco, tan poquito, que al que lo dice le queda el gusto de no estar diciendo suficiente.
Y sin embargo hoy, es lo único que se me ocurre, che.
Llegamos a 100 entradas. Ustedes y yo. Ustedes, los que leen/comentan siempre y yo, que tengo el vicio de copiar, pegar, buscar.
Ni yo lo creo. 100 entradas.
Este blog empezó sólo con frases celebres, citas, esas cosas que uno tiene que googlear eternamente para encontrar porque no están todas juntas en ningún lado. (Ni hablemos de todas las que faltan aquí. De sólo pensarlo me da un colapso nervioso)
Un buen día, este blog cambió. Quién sabe si para bien. Empezamos a postear y comentar sobre literatura, sobre escritura, sobre lectura. Cada tanto, apareció algún poeta. Pocas veces, tuvo música, pero la tuvo. Alguna reflexión poco sesuda, también apareció. En fin... ustedes lo vieron. Ni caso tiene que vuelva a contarlo.
Este blog llegó a cien entradas. Ni yo me creo haber continuado con esto por tantas entradas. De verdad.
Por suerte, siempre habrá libros para recomendar, autores sobre los que leer, algunas (pocas ) reflexiones para hacer. No sé. Habrá más. Hay más cosas que nos gustan para compartir. Y hay tiempo, si Dios quiere, para que hablemos sobre ellas.
Gracias por leer. Gracias por escribir. Gracias por comentar.
Aunque gracias, esta palabra tan chiquita y tan tonta, que no alcanza para nada y que puede decirse por decir, sea la única que tengo a mano, en esta mañana de domingo. Por eso lo busco a Pasolini y escribo acá, abajo, uno de mis textos favoritos, como agradecimiento. Ustedes entenderan.


El privilegio de pensar


¡Ah, reconcentrarse, y pensar!
Decirse, esto es, ahora pienso - sentado
sobre el banco junto a la ventanilla amiga.
¡Puedo pensar! Quema los ojos, el rostro,
por la verriondez de Piazza Vittorio,
la mañana, y mísero, adhesivo,
mortifica el olor del carbón
la avidez de los sentidos: un dolor terrible
pesa en el corazón, asi de nuevo vivo.
Bestia vestida de hombre - niño
arrojado solo al mundo,
con su abrigo y sus cien liras,
heroico y rídiculo me voy a trabajar,
yo también, para vivir... Poeta, es verdad,
pero mientras heme aquí en este tren,
cargado tristemente de empleados
como por broma, blanco de cansancio,
heme aquí sudando mi salario,
dignidad de mi falsa juventud,
miseria de quienes con humildad interna
y aspereza ostentada me defiendo...
¡Pero pienso! Pienso, en el rincón amigo,
en la íntegra mediahora del recorrido,
desde San Lorenzo a las Capannelle,
desde las Capannelle hasta el aeropuerto,
pensando, buscando infinitas lecciones
en un solo verso, en un trocito de verso.
¡Qué estupenda mañana! ¡A ninguna otra
igual! Ahora hilos de débil
neblina, ignorada detrás de los murallones
del acueducto, recubierto
de casitas pequeñas como perreras,
y calles arrojadas allá, abandonadas,
frecuentadas sólo por aquella pobre gente.
Ahora arrebatos de sol, sobre praderas de grutas
y cuevas, barroco natural, con verdes
extendidos por un Corot pordiosero: ahora soplos de oro
sobre las pistas donde con deliciosas grupas marrones
corren los caballos, montados por muchachos
que parecen aún más jóvenes, y no saben
cuánta luz en el mundo hay en torno a ellos.



Nos leemos/escribimos.
V.

viernes, marzo 16

Experiencia

"Empezaba a clarear, y Ugo se estaba vistiendo. Gesuina ya se encontraba junto al fuego, preparando el café, cuando llegaron los agentes para llevarse a Ugo. Así, todavía con el calor de la cama y del amor apenas consumado, Gesuina le ayudó a ponerse la chaqueta. Lo besó en los labios y le susurró con voz que no temblaba:
-¡No me digas nada! ¿Ves? ¡Yo no lloro!
Algunos agentes se quedaron para registrar la casa; no les resultó difícil, por más que procedían con mucha lentitud, encontraron "documentos comprometedores". Gesuina, sentada en una silla, los miraba sembrar el desorden en su casa.
Era su casa, y ella la había compuesto así un día tras otro, con esos muebles, con esos objetos, con esos adornos y esa ropa, cada vez con la alegría de aportar un granito de arena más a la felicidad; eso era lo que ahora los agentes apartaban, arrastraban, desordenaban, pisoteaban, como queriendo destruirlo todo. La casa en que Ugo día a día la había ayudado a desarrollarse, a hacerse, infundiéndole en el ánimo el conocimiento iluminándola con los hechos más que con las palabras, haciéndole comprender quiénes eran sus amigos y quiénes sus enemigos, libertándola para siempre de un pasado que tan largamente había cegado su espíritu. Pero cada vez menos, hasta que llegó el punto en que pudo considerar todo lo que había dejado tras de sí como cosas vividas por otra mujer que sólo se le parecía físicamente. Y por fin, ni esto, ni físicamente, pues ella comprendía que se había tornado más hermosa o por lo menos que tenía más desenvoltura y más vida.
He aquí: más vida. ¡Estaba más viva! Y su pasado había muerto. Pero no porque ella hubiese querido matarlo sino porque había muerto espontáneamente, adentro, en su espíritu y en su cerebro. Pero ella conservaba su enseñanza; algo imperdurable que ella llamaba, por darle un nombre, "experiencia". Decía: "En la vida puede uno equivocarse cuando no tiene noción exacta del bien y del mal. Pero una vez que la tiene, ya no podrá equivocarse".
Pareciale superfluo agregar que es preciso mantenerse lejos del error, no porque se le deba evitar, sino porque, una vez que uno ha experimentado el error, no es posible recaer en él; es como una enfermedad contra la cual uno se inmuniza."



Crónica de los pobres amantes - Vasco Pratolini

jueves, marzo 15

Conflicto

Para Bastian, si todavía lo quiere


Hablábamos ayer un poco de bueyes perdidos, otro poco de literatura, otro poco de intentar escribir. Hablábamos sobre para quién se escribe. Hablábamos de punto de vista, hablábamos de conflicto. Y como siempre, al final, hablábamos de amor. Y yo decía que en todos (literatura, escritura, mirada, conflicto, amor), la figura del otro, o de al menos un otro, era inmanente a cualquiera de los temas que hablabamos.
Y me acordé de Sartre.


"Todo lo que vale para mí vale para el prójimo. Mientras yo intento liberarme del dominio del prójimo, el prójimo intenta liberarse del mío; mientras procuro someter al prójimo, el prójimo procura someterme. No se trata en modo alguno de relaciones unilaterales con un objeto-en-sí, sino de relaciones recíprocas e inestables. Las descripciones que siguen han de ser enfocadas, pues, según la perspectiva del conflicto. El conflicto es el sentido originario del ser-para-otro.
Si partimos de la revelación primera del prójimo como mirada, hemos de reconocer que experimentamos nuestro ser-para-otro imposible de captar en la forma de una posesión. Soy poseído por el prójimo; la mirada ajena modela mi cuerpo en su desnudez, lo hace nacer, lo esculpe, lo produce como es, lo ve como yo no lo veré jamás. El prójimo guarda un secreto: el secreto de lo que soy. Me hace ser y, por eso mismo, me posee, y esta posesión no es nada más que la conciencia de poseerme. Y yo, en el reconocimiento de mi objetividad, experimento que él tiene esa conciencia. A título de conciencia, el prójimo es para mí a la vez lo que me ha robado de mi ser y lo que hace que "haya" un ser que es el mío."



El ser y la nada - Jean Paul Sartre

martes, marzo 13

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La gente de Perfil está de paro

Perro

“…No sabes lo importante que fue tu llamada para mí, aunque te debo haber parecido torpe y atolondrado y estúpido, pero me gustaría que no me volvieras a llamar porque sé cómo te están yendo las cosas (no muy bien) y no quiero que la poca buena gente del mundo sea herida por Bukowski el vomitador. Todo está bien ahora, pero yo no sé si vendrá, o cuando vendrá el próximo ataque, lo cual es un punto de vista cobarde, y todos los hombres son cobardes al ahogarse, escúchalos gritar, ¿y qué es la vida? ¿qué? hundiéndose en el agua, y no es la falta de aire y luz y pulmones y ojos y amor lo que cuenta: es esta picazón que pusieron en nosotros y que nos hace preguntarnos por qué carajo estamos acá. Por esas pocas cosas, como una llamada desde Sacramento a las 7.30 de la noche. No sé, no sé, y eso es tan triste. Si las cosas se arreglaran con mi llanto, todos nos ahogaríamos en mis lágrimas enfermas. Pero no sé qué hacer. Tomo demasiado. O no lo suficiente. Hago apuestas. Hago el amor con mujeres que sólo viven dentro de sus cuerpos y miro los copos de sus ojos y sé que les miento y que me miento porque no soy más que un perro, y el amor o su acto deberían contener algo más que dos pedazos de carne friéndose en una sartén o todo está perdido como pasto del jardín o caracoles pisados y aplastados, abandonados a una suerte de viscosidad viviente, a una vida triturada para siempre.”

A Ann Bauman, 2 de mayo de 1963


Cartas de un viejo indecente – Charles Bukowski

lunes, marzo 12

Dos de Shepard


Esta noche alejo de mí a todo el mundo. Lo he hecho durante todo el día, pero esta noche sigo haciéndolo hasta con virulencia. He acampado junto a mi ventana favorita y por mucho que toquen armónicas, por mucho que oiga entrechocar de platos, risas y voces de otras habitaciones de esta casa, nada me arrancará de aquí. Lo que verdaderamente ansío es el momento en el que se desvanece el día. Coches que acaban de encender los faros. Lechuzas tanteando el terreno. Este ataque de malevolencia se desvanece poco a poco cuando se hace verdaderamente de noche.
Siempre me pongo raro con el Veranillo. Ya lo he notado otras veces. Mi organismo entero se siente estafado. Justo cuando el cuerpo empezaba a enamorarse de las doradas hojas de Chopo que caían planeando. Del olor a leña de Madroña quemándose. El Veranillo desgarra de parte a parte el salvaje encanto del Otoño.
No tengo ganas de rondar por ahí quitándome hasta la camisa. Lo que quiero son gruesas capaz de mantas canadienses y un buen fuego. Y perros. Y noches frías, frías.

22/09/80
Santa Rosa, Ca.



Quizá tendría que encender un fuego. ¿Te gustaría? Encenderé el fuego.

Quizá tendría que romper en pedacitos pequeños el periódico dominical y hacer un esfuerzo por no entretenerme leyendo los anuncios.

Quizá tendría que terminar del todo el agujero que estaba cavando en el huerto de atrás.

Quizá tendría que prepararme una taza de té y tomar Vitamina C. ¿Quiéres una taza de té?

Quizá tendría que dar simplemente un paseo sin rumbo.

Quizá tendría que quedarme en un sitio y no moverme de allí y dejar de inventarme motivos para irme.

Quizá podríamos tener tú y yo una conversación. ¿Te gustaría conversar?

14/01/80
Homestead Valley, Ca.


Crónicas de Motel - Sam Shepard

jueves, marzo 8

Mapa

A veces, uno lee distintos libros, uno detrás de otro -si es lector compulsivo- y cuando termina de leer se da cuenta que todo este tiempo, todo lo que ha leído, forma una especie de mapa que señala exactamente el lugar que quiere encontrar o aquel lugar que ha perdido. Pensaba en esto hoy. Pienso en esto todavía. A lo mejor, por culpa de la lluvia.



"Yo la quería y no quería a nadie más, y el tiempo que pasamos solos fue de mágica maravilla. Trabajé a gusto y juntos hicimos grandes excursiones, y me creí de nuevo invulnerable, y el otro asunto no volvió a empezar hasta que, a fines de la primavera, dejamos las sierras y volvimos a París.
Aquello fue el final de la primera parte de París. París no volvería nunca a ser igual, aunque seguía siendo París, y uno cambiaba a medida que cambiaba la ciudad. Nunca volvimos al Vorarlberg, ni tampoco volvieron los ricos.
París no se acaba nunca, y el recuerdo de cada persona que ha vivido allí es distinto del recuerdo de cualquier otra. Siempre hemos vuelto, estuviéramos donde estuviéramos, y sin importarnos lo trabajoso o lo fácil que fuera llegar allí. París siempre valía la pena, y uno recibía siempre algo a trueque de lo que allí dejaba. Yo he hablado de París según era en los primeros tiempos, cuando éramos muy pobres y muy felices."


París era una fiesta - Ernest Hemingway

martes, marzo 6

La palabra total

Hace unos días hablaba con alguien sobre historias chiquitas, de esas que parecen más anécdotas que otra cosa. Hablaba de mi fascinación por esa clase de historias, de cuánto me gusta lo cotidiano en la literatura y de cómo, si uno presta atención, una historia microscópica, que no le va a cambiar la vida a nadie, contiene una visión del mundo que me llega a conmover, de la cantidad de cosas de las que habla sin hablar, de las descripciones veladas que hay dentro de ella, de la teoría del iceberg, si quieren.
Sabía que tenía este texto de Miguel Briante en alguna parte. Lo busqué hoy. Lo transcribí y ahora lo copio acá.
Es un poco largo a lo mejor para leer en un blog, pero yo creo que bien vale la pena copiarlo entero y leerlo mucho más.
Si no me equivoco este texto salió en Página 12, alguna vez.
Espero que lo disfruten.




Hay sueños de verano que son para el invierno. Hay una palabra popular que alude al miembro viril masculino y, aunque tiene apenas cuatro letras, no suele ser pronunciada en las mesas bien, ni escrita en los diarios, ni pronunciada por niñas menores de diecisiete años. “Dieciséis -punteó el Vasco, volviendo de entre los médanos, en Pinamar, a eso del crepúsculo-. Dieciséis, queridos. Nosotros no lo creíamos, pero todavía existen: tienen todos los dientes, las muelas.” Le preguntábamos por la piel, por algún movimiento, no precisamente por las ideas, que estarían en ciernes. El Vasco había pasado los cuarenta. Eran tiempos duros, como siempre; ya desde el gin-tonic de la mañana se la veía pasar, caminando, sola, y parecía que se había puesto los pantaloncitos de baño como quien se pone un viso – viso, como se decía antes de que los vendieran en San Telmo como vestidos- al desgaire. Iba hasta la vuelta de Ostende y volvía hasta el Golf, se supone.
“Familia tradicional”, clavó uno, y al Vasco se le hicieron más azules los ojos.
La primera dificultad – después de la oportunidad cero, que fue manotearle el caballo como si se le fuera a desbocar, una de todas las tardes en que ella galopada, libre pero mirando, por el mismo camino que había hecho a la mañana- era el comisario Miguelito, una especie de López Rega de los Bunge, que en ese tiempo mandaban todo, y lo habían pasado de sargento a comisario. Nos miraba, Miguelito: oscuros uniformados de bigote cumpliendo órdenes venían a pedir documentos cuando el restaurante, mientras rompía la rompiente, se hacía bar, barra. A los Bunge no les gustaban los nuevos: menores no, baile no. Así que a ella nunca la vimos de noche. Le hacíamos de campana al Vasco, cuando se iban furiosamente en los médanos y hasta silbábamos de un modo especial. Pero en la tarde, todo era legal. Los hombres de Miguelito vigilaban las playas, y nosotros tomábamos los primeros whiskies en Serenella, sobre la Avenida Bunge, asfalto.Vino el mozo a tomar los pedidos, una tarde, cuando descubrimos el problema del Vasco: “Traete unos maníes, unos mejillones, unas rabas –dijo, y después de un silencio, agregó, tomándole los hombros a la niña –y unas pijitas.” La niña se puso colorada; recriminamos al Vasco, con la vista, y después, cuando ella agarró su paso de siempre y se fue a la casa de sus padres, supimos que todo el mes iba a ser así. Le habían dicho que el comisario Miguelito lo andaba buscando en un renuncio y que si lo agarraban le correspondía corrupción de menores, le había enseñado todo, los trucos del amor gimnástico y del amor verbal. Pero había una palabra, la brutal, la que no alcanzaba a arrancarle en el momento crucial. Pocas líneas para una historia de amor. Para una historia de amor que era del Vasco, pero ya era de todos. Porque los padres, en marzo, la mandaban a Europa, a un colegio inglés, y nunca –ni él, ni nosotros, sobre todo él- la íbamos a volver a ver. “No se lo puedo hacer decir –decía el Vasco-, no se lo puedo hacer decir.”
La última escena ocurre en la última siesta de un febrero que bien pudo haber sido el último para todos. Es en aquella estación de ómnibus que ya no está, en Pinamar. Todos han subido al Rio de la Plata, el micro, y ella también. El Vasco la miraba, despatarrado en el banco largo que recorría el pequeño refugio para la lluvia. No llovía, y el sol, y el silencio total. Ella había conseguido un asiento del lado de la ventanilla, y lo miraba. No se iban a volver a ver. Ya no importa lo que le pasó a la chica, entre el pasaje, durante las ocho horas de viaje y la semana en que el Vasco se encerró en la casilla, pensando en eso. Importa que el Vasco, en el lenguaje semimudo de los que no son mudos, le silabeó, con los labios, despacio, primero la p, después la i, después la jota y, tras el suspenso, la a. Y que en el silencio, justo antes de que el ruido del motor matara todo, ella, la niña, gritó dos, tres, cuatro veces, la palabra total.


La palabra del amor - Miguel Briante

lunes, marzo 5

Juicio

"Jamás había yo hablado con mi mujer respecto a mis ambiciones literarias, porque pensaba que ella no podía comprenderlas; también porque me avergonzaba confesar que no eran otra cosa que ambiciones, o sea tentativas jamás coronadas, hasta entonces, por el éxito. Este año pasamos el verano a orillas del mar, y hacia mediados de setiembre comenzamos a discutir nuestros planes para el otoño y el invierno. No sé como se me ocurrió entonces aludir a mis estériles fatigas, quizá por referencia al largo ocio al cual me había llevado el matrimonio.
-Pero tú, Silvio, jamás me habías hablando de esto - exclamó de inmediato mi mujer.
Contesté que no había hablado jamas de ello hasta entonces porque, por lo menos hasta aquel día, jamás había logrado escribir nada importante. Pero ella, con su buena voluntad de costumbre, me instó, por toda contestación, a que le mostrara algunos de mis escritos. En seguida advertí, ante esta invitación, que su curiosidad me halagaba sobremanera y que, en el fondo, su juicio me interesaba tanto o más que el de un literato. Sabía yo muy bien que ella era ignorante, que su gusto era incierto, que su aprobación o su condena no podían tener valor alguno; y no obstante sentía que de ella dependía ya el que yo continuara escribiendo o no.
Resistí un poco, para guardar las apariencias, y luego, después de haberle advertido muchas veces que eran cosas sin importancia, cosas que yo mismo había repudiado, acepté leer una breve narración que había escrito hacía dos años. Mientras leía me pareció que mi cuento no era tan malo como antes había creído; seguí así leyendo con voz más firme y más expresiva, mirando de reojo de tanto en tanto a mi mujer que no mostraba en manera alguna el efecto que mi lectura le causaba. Apenas hube terminado hice a un lado las hojas, exclamando:
-Como ves, tenía razón; no valía la pena hablar de esto.
Y esperé con ansiedad su opinión. Mi mujer calló un momento, como para aunar sus impresiones, y luego declaró con perentoria certidumbre que yo hacía muy mal al no atribuir ninguna importancia a mi talento. Dijo que el cuento le había gustado, si bien tenía muchos defectos, y agregó una cantidad de cosas para explicar y justificar su agrado. No era el juicio de un hombre del oficio; pero por lo mismo me sentí extrañamente fortalecido. Me pareció por un instante que sus razones, que en el fondo eran las de una persona que tenía gustos comunes conmigo, podrían muy bien valer por las opiniones de los literatos más refinados que ella: que, después de todo, quizás había en mí un exceso de autocrítica más nocivo que útil; y que, en fin, lo que hasta entonces me había faltado no era talento, quizás, sino un aliento afectuoso como el que ella me prodigaba. Siempre hay en los éxitos logrados en familia, entre personas a las cuales el afecto vuelve indulgentes y parciales, algo de humillante, de falso: como una madre, una hermana, una esposa, siempre están dispuestas a reconocernos un genio que los demás obstinadamente rehusan reconocernos; pero al mismo tiempo su elogio no basta, y a veces nos resulta más amargo que una abierta condena. Ahora bien; nada de esto sentí yo con respecto a mi mujer. Me pareció que el cuento le había gustado de veras, más allá del afecto que me guardaba."



Capítulo IV - El amor conyugal - Alberto Moravia

domingo, marzo 4

Salinger y yo

"Que no se te pegue el tono de Salinger, porque Salinger hay uno solo y definitivamente, no sos vos" debería estar contemplado en algún decálogo para proyectos de escritor.



"Estaba todavía en mi primera taza de té, cuando entró en la cafetería la jovencita del coro que yo había estado mirando y escuchando. Traía el pelo empapado y se le veían los bordes de ambas orejas. Venía con un niño muy pequeño, sin ninguna duda su hermano, al que le quitó el gorro, levantándolo con dos dedos, como si fuera un espécimen de laboratorio. Atrás vería una mujer de aspecto eficiente, con un sombrero de fieltro de ala baja, presuntamente su institutriz. La chica del coro, quitándose el abrigo mientras caminaba, eligió la mesa. Una buena elección desde mi punto de vista, ya que estaba justamente frente a mí, a unos tres metros. Ella y la institutriz se sentaron. El chiquillo, que tendría cinco años, aún no estaba listo para sentarse. Se apartó y se quitó la bufanda, luego, con la expresióm impávida de quien ha nacido para molestar a los demás, se dispuso metódicamente a molestar a la institutriz empujando varias veces su silla hacia delante y hacia atrás, mientras la observaba atentamente. La institutriz, sin levantar la voz, le ordenó dos o tres veces que se sentara y que, de una vez por todas, dejara de jorobar, pero sólo cuando le hablo su hermana desistió y depositó el trasero en el asiento. Inmediatamente tomó la servilleta y se la puso en la cabeza. Su hermana la recogió, la abrió y se la colocó extendida sobre los muslos.
Cuando les trajeron el té, la jovencita del coro descubrió que yo los estaba mirando. Me miró a su vez fijamente, con esos ojos escrutadores que tenía, y luego, de pronto, me dedicó una pequeña y especial sonrisa. Era una sonrisa curiosamente radiante, como a veces lo son esas pequeñas y especiales sonrisas. Yo le respondí con otra sonrisa, mucho menos radiante, tapándome con el labio superior un empaste provisional, negro como el carbón, que me habían hecho en el ejército entre dos dientes delanteros. De pronto me di cuenta de que la jovencita estaba de pie, con envidiable aplomo, junto a mi mesa. Tenía puesto un vestido escocés, creo que con los colores del clan Campbell. Me pareció un vestido maravilloso para una señorita tan joven en un día tan, tan lluvioso"


Para Esmé, con amor y sordidez - 9 cuentos - J.D. Salinger

jueves, marzo 1

Un caos aparente

"–Te enamoras de la mente de la gente. Voy a perderte a manos de Henry.
–No, no, no vas a perderme.–Soy consciente de lo incendia­ria que es mí imaginación. Soy ya devota de la obra de Henry, aunque sé diferenciar el cuerpo de la mente. Me encanta su fuerza, su fuerza bruta, destructiva, osada, catártica. En este mismo momen­to podría escribir un libro sobre su genio. Casi todas las palabras que pronuncia emiten una descarga eléctrica, al hablar de La edad de Oro de Buñuel, de Salavin, de Waldo Frank, de Proust, de la pe­lícula El ángel azul, de la gente, del animalismo, de París, de las prostitutas francesas, de las mujeres americanas, de América. In­cluso va más avanzado que Joyce. Repudia la forma. Escribe tal como pensamos, en varios niveles a la vez, con una aparente inco­nexión, un caos aparente."


"...Creo realmente que si no fuera escritora, si no fuera creadora, experimentadora, hubiera sido una esposa fiel. Valoro mucho la fi­delidad. Pero mi temperamento pertenece a la escritora, no a la mujer. Tal división podrá parecer infantil, pero es posible. Quitando la intensidad, el chisporroteo de ideas, queda una mujer que ama la perfección. Y la fidelidad es una de las perfecciones. Ahora lo encuentro tonto y poco inteligente porque tengo planes de más al­cance en mente. La perfección es una cosa estática y yo reboso de progreso. La esposa fiel no es más que una fase, un momento, una metamorfosis, una condición."



Henry & June - Anaïs Nin