"Tengo mala memoria. Algunas etapas de mi vida, el aspecto exterior de ciertas personas, determinados encuentros aparecen entre mis recuerdos como a través de una bruma, casi no han dejado rastro; me acuerdo de algunos acontecimientos ligados entre sí por lazos débiles, reunidos en una sola y enorme masa. Esa masa encierra, como el ámbar que contiene los restos de un insecto, la vida simbólica de algunas personas. Las personas que he abandonado perviven en mis recuerdos como si estuvieran muertas. Tengo mala memoria y soy ingrato. A veces surge del caos alguna persona y a su alrededor los recuerdos cristalizan en hilachas como si fuesen algas, y tengo que sacarlos y dejarlos limpios porque están cubiertos de los restos del pasado. Podría citar un centenar de nombres de aquella época de mi vida, mujeres y hombres que desempeñaron un papel en ella que entonces me pareció importante e incluso decisivo. Entre ellos había algunos hombres con quienes he luchado a vida o muerte, pero cuyo nombre ya no recuerdo, aunque recuerde los detalles de la pelea. Conocí a muchas mujeres en aquellos primeros años que pasé en el extranjero, entre ellas a la que se fugó de Frankfurt conmigo y que seguramente me amaba; y, sin embargo, ya no recuerdo su nombre de pila. De esa primera época sólo sigue viva en mi memoria la condesa. También aparece, como una sombra, Hanns Erich. Debía de pensar que entre nosotros dos había quedado alguna cuestión sin zanjar, quizá la diferencia de nuestros orígenes, quizá unos sentimientos deformes, no lo sé. El caso es que un día fue a verme a Berlín.
La heroína de mi aventura en Berlín se queda atrás en la carrera de los recuerdos. Yo no sabía amarla, y en lo demás no me interesaba. Debió de ser una mujer sentimental y vanidosa; era alta y rubia. En Berlín la dejé en una pensión y me olvidé de ella. Durante un tiempo siguió escribiéndome y llamándome por teléfono hasta que, de pronto, dejó de hacerlo. No sé si conoció a alguien de repente o si volvió a Frankfurt. No me acuerdo ni de su nombre ni de sus ojos ni de su voz, sólo de su porte orgulloso, de su aspecto y de sus largos muslos blancos. Los recuerdos de la vida amorosa de un joven se componen de muslos, brazos, gestos, movimientos... Cuando el rostro aparece entre los demás miembros del cuerpo, termina la pubertad y empieza la edad madura del hombre."
Capitulo II - Confesiones de un burgués - Sándor Márai.


