"El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida."
Ricardo Piglia - El último lector
Entonces, para nosotros, lectores puros, aquí un inédito. Pasen y vean. Pasen y lean.
Una soga
“¿Qué te pasó?”.
“Me pegaron”.
Los dos nenes están sentados en un colchón roñoso, tienen las piernas tapadas con un cartón, y respiran de una bolsita.
“¿Los ratis?”
“Sí”.
Pasa, impecable, un pantalón con maletín y detrás, varicosas, dos piernas que arrastran a un nenito con campera roja, inflada.
Un extractor les manda aire caliente hasta las nucas. Parece una turbina.
El semáforo de la esquina se pone en rojo. Silencio.
“Te la dieron, eh”, el mayor quiere tocarle la herida pero el chiquito no se deja. Se palpa el moretón debajo del ojo. “No me duele”, dice, e inhala.
Pasan unas botas negras, de cuero, altas, flacas, decididas. Suenan bocinas de colectivos, autos y hasta una moto. Arranca el tráfico.
“Cortamos una soga”, dice el chiquito.
“¿Con quién?”, el grande arruga la cara.
“Con el Toto”.
El chiquito gira, se mira en el ventanal, afina la vista y la cruza con un par de clientes que desde adentro lo miran con espanto. Se vuelve a sentar. Apoya la espalda contra las barras de acero del extractor. Inhala. La bolsa es un corazón atrofiado que se expande y se contrae en cámara lenta.
Hay unas Nike mirando.
“¿Qué mirás, la concha de tu madre?”
El grande amaga pararse pero se deja caer. Se ríe. Las Nike, entonces, presurosas, se alejan.
Pasa un taxi, pachorriento, y deja flotando en el aire una canción que está de moda.
“¿Y el Toto?”, el grande apoya la bolsita en el colchón, acomoda el cartón.
“Zafó”.
Otra vez se pone el semáforo en rojo. Un perro flaco y asustadizo olfatea el poste de luz. Mete el hocico en una bolsa de consorcio abierta.
“¿Y la soga?”.
El chiquito sonríe. Se estira, tuerce el cuerpo, saca una cadena del calzoncillo y la balancea: gruesa, brillante, una cascada de oro.
El transito vuelve a arrancar. Un colectivo deja una nube de humo negro. El calor del extractor les cosquillea las espaldas.
El chiquito guarda la soga, se sienta, mete la boca en la bolsita, e inhala.
“Me pegaron”.
Los dos nenes están sentados en un colchón roñoso, tienen las piernas tapadas con un cartón, y respiran de una bolsita.
“¿Los ratis?”
“Sí”.
Pasa, impecable, un pantalón con maletín y detrás, varicosas, dos piernas que arrastran a un nenito con campera roja, inflada.
Un extractor les manda aire caliente hasta las nucas. Parece una turbina.
El semáforo de la esquina se pone en rojo. Silencio.
“Te la dieron, eh”, el mayor quiere tocarle la herida pero el chiquito no se deja. Se palpa el moretón debajo del ojo. “No me duele”, dice, e inhala.
Pasan unas botas negras, de cuero, altas, flacas, decididas. Suenan bocinas de colectivos, autos y hasta una moto. Arranca el tráfico.
“Cortamos una soga”, dice el chiquito.
“¿Con quién?”, el grande arruga la cara.
“Con el Toto”.
El chiquito gira, se mira en el ventanal, afina la vista y la cruza con un par de clientes que desde adentro lo miran con espanto. Se vuelve a sentar. Apoya la espalda contra las barras de acero del extractor. Inhala. La bolsa es un corazón atrofiado que se expande y se contrae en cámara lenta.
Hay unas Nike mirando.
“¿Qué mirás, la concha de tu madre?”
El grande amaga pararse pero se deja caer. Se ríe. Las Nike, entonces, presurosas, se alejan.
Pasa un taxi, pachorriento, y deja flotando en el aire una canción que está de moda.
“¿Y el Toto?”, el grande apoya la bolsita en el colchón, acomoda el cartón.
“Zafó”.
Otra vez se pone el semáforo en rojo. Un perro flaco y asustadizo olfatea el poste de luz. Mete el hocico en una bolsa de consorcio abierta.
“¿Y la soga?”.
El chiquito sonríe. Se estira, tuerce el cuerpo, saca una cadena del calzoncillo y la balancea: gruesa, brillante, una cascada de oro.
El transito vuelve a arrancar. Un colectivo deja una nube de humo negro. El calor del extractor les cosquillea las espaldas.
El chiquito guarda la soga, se sienta, mete la boca en la bolsita, e inhala.
Mariano Abrevaya Dios – Buenos Aires


5 comentarios:
wow
A la mandíbula! Excelente.
de ganar por k.o.. se trata de eso. vaya!
Ea! Aparecieron los comentarios! BUE-NI-SI-MO!
Mariano y yo queremos más.
No se hagan los tímidos.
Perdón por la demora. A mí me gustó mucho este cuento, si bien hay un par de imágenes que se me hacen un poco confusas. Por un lado es mucho mejor y más efectivo, ya que deja al vuelo del lector la impresión a seguir.
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