domingo, noviembre 11

Todos tus muertos

Sábado de película multiestelar. Me encontré con esto.
Después de verla, envidié un poco a los de la Madre Patria del Norte. Digo un poco, porque tuvieron a quién llorar, tuvieron a quién los hacía sentir representados, algo impensado para nosotros en dónde la palabra "político" es casi sinónimo de "delincuente con poderes constitucionales".
Van a disculpar que les arruine el final de la película, pero no pude más que transcribir el discurso con el que termina. Tiene múltiples lecturas; de hecho, en principio, logró conmoverme y en una segunda lectura y porque uno vive en esta época atroz, empecé a pensar que ciertas ideas empezaron a propagarse desde hace mucho.
No soy fanática de los estadounidenses (americanos, somos todos los de este continente, muchachos) pero de verdad, les envidié con envidia mala que hayan tenido un político a quién llorar. En los años que llevo vividos, nunca ví que a nadie se le cayera una lágrima por ninguno de acá. Ni vivo, ni muerto.
Ojalá, algún día, con otro final, sus hijos, mis sobrinos, los hijos de sus hijos encuentren un político al que le tengan confianza, al que le crean que todo puede ser mejor, en el que puedan depositar sus esperanzas.

Bueno, pasen y lean. Es un poco largo pero me pareció interesante lo que dice, cómo lo dice y cómo, a la luz del presidente actual de EEUU, todo lo que dice, se puede leer diferente.

"No es un día para la política. Me he guardado esta oportunidad, mi único evento del día para hablarles brevemente sobre la amenaza irracional de la violencia en EEUU, que otra vez mancha nuestra tierra y todas nuestas vidas.
No es materia de preocupación de ninguna raza en particular. Las víctimas de la violencia son negras y blancas, ricas y pobres, jóvenes y ancianas, famosas y desconocidas. Son, por sobre todas las cosas, seres humanos a quienes otros seres humanos amaban y necesitaban.
Nadie, no importa dónde viva o qué haga, puede estar seguro de quién será el próximo en sufrir un derramamiento de sangre absurdo. Y sin embargo, continúa y continúa sucediendo en nuestro país.
¿Por qué? ¿Qué ha logrado la violencia alguna vez? ¿Qué ha creado?
Toda vez que una vida americana es sesgada sin necesidad por otro americano, sea que se haga en nombre de la ley o desafiando la ley, por un hombre o una banda, a sangre fría o bajo la pasión, en un ataque de violencia o como respuesta a la violencia; cada vez que desgarramos la tela de la vida que otro hombre con dolor y tosquedad tejió para sí mismo y para sus hijos, cada vez que lo hacemos, se degrada toda la Nación.
Sin embargo, parece que toleramos el creciente nivel de violencia ignorando nuestro componente humano y nuestro aprendizaje como civilización.
Demasiado a menudo, honramos el pavoneo y la fanfarronería y a los que ejercen la fuerza.
Demasiado a menudo, excusamos a los que están dispuestos a construir sus propias vidas sobre los sueños rotos de otros seres humanos.
Pero esto es mucho más claro: La violencia engendra violencia; la represión genera represalias y sólo la purificación de toda nuestra sociedad puede remover esta enfermedad de nuestras almas.
Porque cuando enseñas a un hombre a odiar y a temer a su hermano, cuando le enseñas que es un hombre inferior, por su color o sus creencias o las políticas que sigue, cuando enseñas que los que difieren contigo amenazan tu libertad o tu trabajo o tu hogar o tu familia, entonces, tu también aprendes a enfrentarte a otros, no como conciudadanos, sino como enemigos.
A no encontrar cooperación sino conquista.
A ser subyugado y dominado.
Aprendemos, por último, a ver a nuestros hermanos como extraños. Hombres extraños con quienes compartimos una ciudad pero no una comunidad. Hombres vinculados con nosotros por una vivienda en común pero no por un esfuerzo común.
Aprendemos a compartir sólo el temor común, sólo el deseo común de alejarnos unos de otros.
Sólo el impulso común de responder al desacuerdo con la fuerza.
Nuestras vidas en este planeta son demasiado cortas. La tarea a realizar es demasiado grande para permitir que este espíritu siga prosperando en nuestra tierra.
Por supuesto, no podemos desterrarlo con un programa ni con una resolución pero quizás podemos recordar, aunque sea por un tiempo, que los que viven con nosotros son nuestros hermanos, los que comparten con nosotros el mismo corto momento de vida; que ellos buscan, como nosotros, nada más que la oportunidad de vivir sus vidas con propósitos y felicidad, ganando la satisfacción y la realización que puedan.
Sin duda, este vínculo de destino común, seguramente, este vínculo de metas comunes puede comenzar a enseñarnos algo.
Seguramente, podemos aprender, por lo menos, a mirar a nuestro alrededor y vernos, a ver a los hombres y podemos comenzar a trabajar juntos para vendar las heridas y convertirnos, de todo corazón, en hermanos y compatriotas, otra vez"

Robert Francis Kennedy a.k.a. Bobby (1925-1968)