"He notado a menudo que después de haberle prestado a uno de los personajes de mis novelas algún apreciado elemento de mi pasado, este elemento acababa languideciendo en el mundo artificial en donde con tanta brusquedad lo había situado. Aunque seguía presente en mis recuerdos, su calor personal y su antiguo atractivo desaparecían y, con el tiempo, acababa por identificarse mucho más con la novela que con mi anterior yo, en donde parecía estar complemtamente a salvo de las intromisiones del artista. En mi memoria se han derrumbado las casas tan silenciosamente como ocurría en las películas mudas de antaño, y el retrato de mi institutriz francesa, que una vez presté al muchacho que aparecía en uno de mis libros, se va desvaneciendo rápidamente desde que quedó englobado en la descripción de una infancia completamente distinta a la mía. El hombre que soy se rebela contra el creador de ficciones, y éste es mi desesperado intento de salvar lo poco que queda de la pobre Mademoiselle.
Esa mujer alta y robusta entró en nuestra existencia en diciembre de 1905, cuando yo tenía seis años y mi hermano cinco. Ahí está. Veo con la mayor claridad su abundante melena negra, peinada hacia arriba y que empezaba encubiertamente a encanecer; las tres arrugas de su austera frente; sus ceñudas cejas; sus ojos acerados tras los quevedos de montura negra; esa sombra de bigote; esa tez salpicada de erupciones que en los momentos de ira deja aparecer un enrojecimiento adicional en la zona de la tercera, y más amplia, de sus barbillas, que con tanta majestuosidad se extiende sobre la envolantada elevación de su blusa. Y ahora se sienta, o mejor dicho, emprende la tarea de sentarse, temblando la gelatina de su papada, dejando caer penosamente sus prodigiosas posaderas, con tres botones a un lado; luego, en el último segundo, rinde su masa al sillón de mimbre, que, de puro pánico, estalla en una salva de crujidos."
Vladimir Nabokov - Habla, memoria - Cap V
Esa mujer alta y robusta entró en nuestra existencia en diciembre de 1905, cuando yo tenía seis años y mi hermano cinco. Ahí está. Veo con la mayor claridad su abundante melena negra, peinada hacia arriba y que empezaba encubiertamente a encanecer; las tres arrugas de su austera frente; sus ceñudas cejas; sus ojos acerados tras los quevedos de montura negra; esa sombra de bigote; esa tez salpicada de erupciones que en los momentos de ira deja aparecer un enrojecimiento adicional en la zona de la tercera, y más amplia, de sus barbillas, que con tanta majestuosidad se extiende sobre la envolantada elevación de su blusa. Y ahora se sienta, o mejor dicho, emprende la tarea de sentarse, temblando la gelatina de su papada, dejando caer penosamente sus prodigiosas posaderas, con tres botones a un lado; luego, en el último segundo, rinde su masa al sillón de mimbre, que, de puro pánico, estalla en una salva de crujidos."
Vladimir Nabokov - Habla, memoria - Cap V


3 comentarios:
Esas excelsas descrìpciones de Nabokov... cómo no adorarlo!
:-)
Coincido con el autor en que una vivencia prestada a la ficción suele langudecer irremediablemente, o peor aún, se nos revela en el proceso creativo como algo bastante diferente a lo que nuestra memoria evocaba con esa precisión que sólo dan las emociones de los años idos.
Gracias por el textito de hoy, V... se los extrañaba.
Sí, yo también coincido. Un poco en eso se basa la catarsis que dicen realizar algunos al escribir.
es así. en la expresión literaria, algo de nuestro pasado se pierde, quizá porque los hechos fortuitos desaparecen de la memoria y los no fortuitos permanecen sin dejar de modificarse en el imaginario personal. cuál es la duración de esta intensidad?
en estos días, releyendo 'demian' me preguntaba: habrá escrito hesse esta novela de formación para re-formularse a sí mismo? cuánto hay de reformulable en la escritura?
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