"Empezaba a clarear, y Ugo se estaba vistiendo. Gesuina ya se encontraba junto al fuego, preparando el café, cuando llegaron los agentes para llevarse a Ugo. Así, todavía con el calor de la cama y del amor apenas consumado, Gesuina le ayudó a ponerse la chaqueta. Lo besó en los labios y le susurró con voz que no temblaba:
-¡No me digas nada! ¿Ves? ¡Yo no lloro!
Algunos agentes se quedaron para registrar la casa; no les resultó difícil, por más que procedían con mucha lentitud, encontraron "documentos comprometedores". Gesuina, sentada en una silla, los miraba sembrar el desorden en su casa.
Era su casa, y ella la había compuesto así un día tras otro, con esos muebles, con esos objetos, con esos adornos y esa ropa, cada vez con la alegría de aportar un granito de arena más a la felicidad; eso era lo que ahora los agentes apartaban, arrastraban, desordenaban, pisoteaban, como queriendo destruirlo todo. La casa en que Ugo día a día la había ayudado a desarrollarse, a hacerse, infundiéndole en el ánimo el conocimiento iluminándola con los hechos más que con las palabras, haciéndole comprender quiénes eran sus amigos y quiénes sus enemigos, libertándola para siempre de un pasado que tan largamente había cegado su espíritu. Pero cada vez menos, hasta que llegó el punto en que pudo considerar todo lo que había dejado tras de sí como cosas vividas por otra mujer que sólo se le parecía físicamente. Y por fin, ni esto, ni físicamente, pues ella comprendía que se había tornado más hermosa o por lo menos que tenía más desenvoltura y más vida.
He aquí: más vida. ¡Estaba más viva! Y su pasado había muerto. Pero no porque ella hubiese querido matarlo sino porque había muerto espontáneamente, adentro, en su espíritu y en su cerebro. Pero ella conservaba su enseñanza; algo imperdurable que ella llamaba, por darle un nombre, "experiencia". Decía: "En la vida puede uno equivocarse cuando no tiene noción exacta del bien y del mal. Pero una vez que la tiene, ya no podrá equivocarse".
Pareciale superfluo agregar que es preciso mantenerse lejos del error, no porque se le deba evitar, sino porque, una vez que uno ha experimentado el error, no es posible recaer en él; es como una enfermedad contra la cual uno se inmuniza."
Crónica de los pobres amantes - Vasco Pratolini


1 comentarios:
Qué cerca está de mi último post, estimada Vontrier. Y suscribo a medias, porque a veces los errores no los repite uno, sino otros.
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