jueves, diciembre 21
Autobiografía
miércoles, diciembre 20
jueves, diciembre 14
Suicidas
Mientras me aburría en el trabajo se me ocurrió buscar algo que tuviera que ver con la literatura y el suicidio. Nada es porque si. Escucho Lucky de Radiohead para darme ánimo y pensar que ya es jueves y que sólo en unas horas, se acaba el suplicio.
Pienso, como pienso de todo, que en realidad la muerte y la literatura tienen tanto que ver como cualquier otra cosa y literatura: futbol y literatura, rock y literatura, cocina y literatura. Pasa en la vida real, pasa en la literatura pero no es condición excluyente escribir para que algo así como el suicidio se arme dentro de la cabeza del que escribe.
Por esos milagros interneúticos, dí con un prólogo de Benjamín Prado sobre una antología de escritores suicidas. (Si nunca les recomendé a Benjamín Prado, lo hago ahora y prometo un próximo post sobre él para que lo conozcan un poco) y por otro milagro, resultó que Benjamín Prado y yo, estamos de acuerdo.
Copio aquí debajo el texto -gentileza del universo virtual y "propiedad" de www.literaturas.org, revista de literatura independiente de los nuevos tiempos.
El libro está editado en España por Opera Prima y por lo que se puede ver en la edición virtual, parece ser bastante interesante. La posibilidad de tener todos juntos, en un mismo libro a unos cuántos autores que tienen en común el suicidio hace que por morbo, adoración o lo que cuernos sea, la edición despierte curiosidad.
Vamos a buscar ese libro. A ver si lo conseguimos. Y si no lo conseguimos, bueno... el texto de Prado sirve para rastrear escritores que quizás nos acompañen un buen rato.
El prólogo es un poco largo pero vale la pena. No sean vagos y leánlo hasta el final.
Qué matan los suicidas
Benjamín Prado
La muerte no tiene pasado. A pesar de ello, cuando un escritor decide suicidarse, los lectores y los críticos buscan en cada una de sus palabras un indicio, una premonición, analizan sus páginas como policías que buscaran huellas en el escenario de un crimen y hasta parecen querer leer sus obras como si, por alguna improbable perversión de las leyes del tiempo y el espacio, hubieran sido escritas después de desaparecido su autor, o como si éste hubiera sido durante años un muerto en vida, alguien que ya escribía desde el futuro, desde ese terrible después. Cuando no existen respuestas, lo mejor es inventarlas. Cuando los hechos no bastan, hay que recurrir a la imaginación. Sin embargo, el silencio de la muerte sólo existe para los vivos, son los que quedan de este lado del más allá quienes parecen sentir la imperiosa necesidad de cubrir o al menos atenuar ese hermético vacío que deja tras de sí la muerte, esa inmovilidad como ultraterrena que sucede al disparo, la copa de veneno o la caída al vacío. Y son los vivos, o los sobrevivientes, que diría un fatalista, quienes inventan lo que tienen que decir las palabras del suicida, quienes asocian el drama final con el resto de la historia de la mujer o el hombre que dijo basta, lo mismo que si no fuesen más que los dos extremos de una misma soga. En realidad, y esto lo sabe cualquier psiquiatra, la mayor parte de los suicidas no saben que van a matarse hasta poco antes de abrir la espita del gas o volcarse en la palma de la mano los barbitúricos. Algo así como los marineros del relato de Horacio Quiroga que se reproduce en este volumen. Son personas depresivas, amargadas o infelices y, seguramente, han jugado en más de una ocasión con la idea del suicidio, pero el paso suelen darlo en un momento de desesperación. Un suicidio se comete, pero no se planea, no al menos como cualquier otro acto. Pensar en morir es muy distinto a ir a morir, como se ve con astuta claridad en el extraordinario relato de Ambrose Bierce incluido en esta antología. Hay escritores que intentaron matarse varias veces, eso es cierto, como la poeta norteamericana Anne Sexton o como otro de los escritores seleccionados para este libro, Guy de Maupassant, que veía en el suicidio, como tantos otros, un acto de poder del hombre ante la fatalidad: "¡El suicidio! Pero ¡si es la fuerza de quienes ya no tienen nada, la esperanza de quienes ya no creen, el sublime valor de los vencidos! Sí, hay una puerta por lo menos en esta vida, siempre podemos abrirla y pasar al otro lado." Hay, también, escritores que pusieron fecha de caducidad a sus vidas, como el poeta Gabriel Ferrater, que anunció a los treinta años que no cumpliría jamás los cincuenta y uno y, cuando llegó el momento de cumplir su palabra, se puso fin de un modo estremecedor, atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Por alguna razón, esa vulgar bolsa de plástico me produce un escalofrío mayor que las espadas con que se ultimaron Yukio Mishima o Emilio Salgari.
Y hay autores que decidieron tomarle la delantera a la muerte cuando, por unos u otros motivos, sus existencias ya eran, como en el relato de Jack London que incluye este libro, "un largo camino de amargura y horrores" que se había ido estrechando y que ya llegaba a su fin. Eso le ocurrió a Sylvia Plath, que no pudo sostener el peso de ser abandonada; a Reinaldo Arenas, que pronto descubriría que el paraíso capitalista era igual que el infierno comunista; a Hemingway y Bohumil Hrabal, el primero de los cuales se disparó para matar, junto a él, todo el sufrimiento que le causaba el cáncer que padecía; y el segundo porque encontró un doble remedio trágico al sufrimiento que le producía la enfermedad, en su caso una terrible artritis, y a la depresión en que lo había sumido la muerte de su esposa. Le ocurrió a Marina Tsvietáieva cuando ya sólo quedaban a su alrededor miseria y abandono. Y también a dos de los autores de este tomo, Stefan Zweig y Virginia Woolf, el primero por huir de su memoria -igual que Paul Celan, el fascista Pierre Drieu la Rochelle o Primo Levi- y la segunda por escapar a la locura. El fracaso literario llevó a la tumba a Maiakovski y a Alfonso Costafreda. El alcohol empujó hasta el cementerio a Malcolm Lowry, a Dylan Thomas, ambos presentes aquí, y hace poco al poeta Javier Egea. Otros, como Pavese, se mataron porque eran incapaces de seguir vivos. Es impresionante, al leer este libro, pensar en el cianuro de Horacio Quiroga, la morfina de Jack London, el veronal de Ryunosuke Akatugawa, la bala dadaísta de Jaques Rigaut o los somníferos de Malcolm Lowry. Es impresionante pensar en el minuto anterior a todo eso, ese minuto que creo que ha reflejado como nadie otra suicida, la poeta y narradora austriaca Ingeborg Bachmann, que se quemó viva prendiéndole fuego a su cama, por ejemplo en este poema de su libro No sé de ningún mundo mejor -publicado en España por Hiperión y traducido por Jan Pohl-, titulado "Hablar con un tercero":
"Y he elegido a la muerte, para todas las confesiones ella, le he contado, a esta muerte disparatada, a la que no puedo imaginar, a la que puedo provocar rápidamente, pero nunca imaginar, le he contado.
La muerte, a la que le he contado tiene la amargura de treinta píldoras, mide una caída por la ventana, y le digo, al estar sola con ella, ella tan larga tan larga como una caída por la ventana,
ella tan corta, larga como un sueño, hasta que le quite al sueño la preocupaciones por mí, le cuento a este tercero.
Digo: hazme ver su boca, y ese ojo hazme ver cómo era, dale marcha atrás, hazme ver cómo
digo: Otra vez, y soy."
La muerte no es un valor literario ni el suicidio tiene más que ver con la literatura que el amor, el odio, la felicidad, el miedo, la tristeza, el deseo, la traición, la soledad o la envidia. Y, claro, no hay muerte que convierta un libro en algo mejor de lo que es, porque en el espacio hermético e inalterable de las obras impresas, a los relatos, los poemas y las novelas no les importa en absoluto si su autor está vivo, muerto o en un punto intermedio entre ambos estados. Y, en el fondo, a los lectores tampoco. Excepto, quizás, a los más morbosos. En este libro no sólo se reúne a unos cuantos autores suicidas, sino que en gran parte de los relatos el suicidio es un tema central o, como mínimo, una amenaza de fondo. Sin embargo, lo que les ha otorgado a la gran mayoría de estos escritores un lugar en la historia es la calidad de sus obras, no la tragedia de sus vidas. Alrededor del suicidio hay, como no podía ser de otro modo, toda una mitología, y hasta quien se atreve casi a decir que no matarse es de cobardes. No comparto esa opinión ni suicidarse me parece un acto de coraje, sólo de desesperación. Y tampoco creo que los autores que terminan suicidándose posean un secreto que los demás ignoran. Las librerías están llenas de obras maestras sobre el dolor, el sufrimiento, la desdicha y la angustia escritas por mujeres y hombres que murieron en sus camas de eso que se llama, de un modo un tanto macabro, ni más ni menos que muerte natural. Y también están llenas de obras maravillosas escritas por gente como Osip Mandelstam o Anna Ajmátova que crearon sus versos en medio del infierno, cuando eran perseguidos, veían caer asesinados a los suyos, sufrían hambre y privaciones de todo tipo, acosos, cárceles, torturas y campos de concentración. Y, sin embargo, pensaron que escribir era un modo de salvarse, de vencer a sus verdugos. En la literatura, lo mismo que en la vida, una cosa puede ser lo contrario de la otra y ser tan verdad como ella. Ojalá los escritores que componen esta antología no se hubiesen matado. Sus creaciones no serían peor por eso y no hay más que leer este libro para darnos cuenta de todo el placer que nos robaron al verter el veneno o disparar sus pistolas.
lunes, diciembre 11
Caro Michele
"Yo me divertía con vos. No sé por qué me divertía, pero no se comprende por qué con algunos nos aburrimos y con otros nos divertimos. Vos a veces estabas con mufa y no me hablabas. Yo hablaba y vos apenas si me contestabas con un carraspeo de garganta y en seguida me parece que te veo. La mufa conmigo te vino especialmente en los últimos tiempos. Pienso que me veías demasiado pegada a vos. Pero yo no quería nada. Sólo quería tu compañía. Si lo querés saber, nunca pensé que tenías que casarte conmigo, todo lo contrario, la idea de casarme con vos me daba risa y también me daba escalofríos. Es una idea que si alguna vez se me ocurrió, la descarté corriendo.
Me diste mucha lástima la vez que nos citamos y llegaste corriendo todo pálido y me dijiste que habías atropellado una monja. Después, en el sótano, me dijiste que la monja había muerto. Estabas con la cabeza hundida en la almohada y yo te consolaba. Pero a la mañana siguiente ya no me hablabas y cuando te acaricié los cabellos empezaste con ese carraspeo de garganta y la cabeza echada hacia atrás. Vos tenés muy mal carácter, pero no es por tu mal carácter que no me quiero casar con vos. No me quiero casar con vos porque esa vez y tantas otras veces me diste lástima y yo quisiera casarme con un hombre que no me diera lástima, porque ya tengo demasiada lástima de mi misma. Quisiera casarme con un hombre al que le tuviera envidia.
Te abrazo y te volveré a escribir."
martes, diciembre 5
lunes, diciembre 4
Los dodecálogos de Neuman

No conocía a Andrés Neuman hasta ayer. Tampoco puedo decir que lo conozca demasiado o que puedo recomendarselos pero lo que ciertamente puedo hacer es compartir con ustedes, dos cosas:
I
Contar un cuento es saber guardar un secreto.
Aunque hablen en pretérito, los cuentos suceden siempre ahora. No hay tiempo para más y ni falta que hace.
El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento, o su muerte por asfixia.
En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, paradójicamente, si es demasiado brillante se olvida pronto.
Los personajes no se presentan: actúan.
La atmósfera puede ser lo más memorable del argumento. La mirada, el personaje principal.
El lirismo contenido produce magia. El lirismo sin freno, trucos.
La voz del narrador tiene tanta importancia que no debe escucharse demasiado.
Corregir: reducir.
El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.
En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto.
Narrar es seducir: jamás satisfagas del todo la curiosidad del lector.
Si no emociona, no cuenta.
La brevedad no es un fenómeno de escalas. La brevedad requiere sus propias estructuras.
En la extraña casa del cuento los detalles son los pilares y el asunto principal, el tejado.
Lo bello ha de ser preciso como lo preciso ha de ser bello. Adjetivos: semillas del cuentista.
Unidad de efecto no significa que todos los elementos del relato deban converger en el mismo punto. Distraer: organizar la atención.
Anillo afortunado: a quien escribe cuentos le ocurren cosas, a quien le ocurren cosas escribe cuentos.
Los personajes aparecen en el cuento como por casualidad, pasan de largo y siguen viviendo.
Nada más trivial, narrativamente hablando, que un diálogo demasiado trascendente.
Los buenos argumentos jamás pierden el tiempo argumentando.
Adentrarse en lo exterior. Las descripciones no son desvíos, sino atajos.
Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho antes que la vanidad del narrador.
Un decálogo no es ejemplar ni necesariamente transferible. Un dodecálogo, muchísimo menos.






